Conferencia pública impartida en el Teatro de la Academia de Drama «Krasny Fakel» de Novosibirsk, en vísperas del estreno de la obra «Odiseo».
Musa, háblame de ese hombre experimentado que,
tras vagar durante mucho tiempo desde el día en que la santa Ilión fue destruida,
visitó muchas ciudades y vio muchas costumbres,
y sufrió mucho en su corazón en los mares, preocupándose por su salvación…
— Homero, «La Odisea»
La antigua Grecia y la Antigüedad en general son la cuna intelectual de la cultura europea, y Rusia no es una excepción. Los mitos, leyendas, héroes, epopeyas y tramas de la Antigüedad son una fuente inagotable de inspiración para escritores, poetas y científicos, a quienes proporcionan arquetipos, patrones e imágenes clásicos para su creatividad y descripción de los fenómenos. De la mitología griega nace la literatura europea y sus géneros clave, que luego pasan a la dramaturgia teatral, la cultura moderna de la novela y el arte del guion, incluido el cine, formando un retorno constante y una interpretación de sus motivos básicos. El interés por la Antigüedad y los mitos se reavivó en el Renacimiento, en el romanticismo europeo, en el Siglo de Plata ruso y en la filosofía y la cultura del siglo XX.
Uno de estos héroes arquetípicos es Odiseo, cuyas andanzas tras el fin de la guerra de Troya fueron recopiladas y cantadas por el mayor poeta de la Antigüedad, Homero, aproximadamente en el siglo VIII a. C.
Odiseo Politechnos, astuto y experimentado, era descendiente del mismísimo Zeus, de la antigua estirpe real de Ítaca. Se le predijo que regresaría de la campaña de Troya solo veinte años después, convertido en un anciano mendigo, y el astuto Odiseo intenta eludir su destino fingiendo ser un labrador loco que siembra sal en su tierra. Pero se vio obligado a revelar la lucidez de su mente cuando pusieron ante los bueyes a su hijo, el bebé Telémaco.
La épica «Ilíada» de Homero narra con detalle la guerra de Troya. Se cree que el gran rapsoda combinó y perfeccionó con su genio la métrica de canciones y leyendas anteriores del ciclo troyano, regalando al mundo una de las historias más grandiosas. Los historiadores, por su parte, ven detrás de la fachada de la epopeya mitificada los acontecimientos reales de la conquista de las tierras de Asia Menor por las tribus de los eolios, los aqueos y los danaos, en particular los fenicios, donde ahora se encuentra la Turquía moderna. Y, de hecho, la legendaria frase de advertencia del sacerdote Laocoonte suena inicialmente así: «¡Temed a los danaos, incluso a los que traen regalos!». Según la leyenda, fue precisamente la protectora de Ítaca y del linaje de Odiseo, la divina Atenea, quien le inspiró la astucia del caballo de madera, y él dirigió las tropas que se escondían allí. Y para lograr que esta astucia diera sus frutos los danaos contaron con la ayuda de Poseidón, cuyo papel en el destino de su líder Odiseo se volvería más tarde trágico.
Aquí se manifiesta una de las características más notables de la heroicidad antigua: el héroe casi siempre encuentra su destino, su lugar y su camino a través de una profecía externa, ya sea de los dioses o sus mensajeros, o de videntes vivos o muertos. El conocimiento del destino se convierte en su iniciación en el sentido de su propia vida, que puede aceptar o rechazar, rebelándose contra el destino.
En el camino de regreso de Troya, Odiseo se ve envuelto en numerosas aventuras, algunas predichas y otras desconocidas para él. Se encuentra con amigos, como el señor de los vientos Eolo, que prácticamente lo lleva a casa, y el glorioso pueblo de los feacios. Le ayudan el mensajero de los olímpicos, Hermes, y la secreta benevolencia de Atenea.
Pero también le está destinado beber la copa del dolor y las privaciones, y el epíteto «muy sufrido» es uno de los más frecuentes en la «Odisea»: su propio nombre significa «odiado». El filósofo ruso Alexei Losev [1] hizo especial hincapié en el predominio del sufrimiento sobre la felicidad en el destino de Odiseo. El líder de los danaos pierde en su peregrinación todos sus barcos, todos sus amigos y su séquito, muchos de los cuales fueron víctimas de sus propias pasiones, de las que él les había advertido. Provoca la ira de Zeus por matar a los toros en la isla de Helios. Por haber cegado astutamente al cíclope Polifemo; su principal enemigo fue el mismo señor de los mares, Poseidón, que empuja su barco hacia las sirenas destructoras de hombres y el estrecho paso entre los monstruos Escila y Caribdis.
Pero incluso las escasas islas que sirven de refugio a los viajeros están llenas de peligros: si se prueba el loto en un país desconocido, se puede olvidar para siempre la patria; en la isla de Circe, la tripulación del barco se convierte en cerdos, y Odiseo tiene que rescatarlos pasando un año con ella. Otra ninfa, Calipso, retiene a Odiseo en matrimonio durante siete años, deseando convertirlo en su esposo, hasta que Hermes vuelve a rescatar al héroe.
En su amargo peregrinaje de regreso a casa, Odiseo incluso visita el reino de los muertos, el Hades, lo que lo emparentan con el legendario Orfeo e incluso con Dioniso (la deidad protectora del teatro). En la oscuridad del mundo de los muertos, recibe consejos y advertencias del adivino Tiresias, ve allí las sombras de los amigos que murieron en la guerra de Troya y la sombra del mismo Heracles, además de conversar con su madre, que murió de pena por la pérdida de su hijo.
Esta amarga copa no pasó por alto a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco. Diez años de guerra bajo los muros de Troya y diez años de intrigas de Poseidón hicieron que Odiseo no estuviera en casa. Durante ese tiempo, su casa y sus tierras fueron asediadas por muchos pretendientes no invitados, que consideraban que era hora de que la «viuda» eligiera un nuevo marido. La fiel Penélope retrasó por todos los medios la inevitable elección y el matrimonio, mientras los pretendientes festejaban y saqueaban las propiedades de su esposo. Atenea, protectora de Telémaco, le aconseja que abandone la casa paterna, lejos de los maridos, y se dirija en busca de Odiseo.
Finalmente, gracias a la atenuación de la ira de los dioses y a la ayuda de los feacios, Odiseo llega a la costa de su Ítaca natal, donde le espera la última prueba: regresar a casa después de la guerra y volver a ser él mismo, donde debe demostrar que es Odiseo, marido, padre y rey. Al recuperar la protección directa de Atenea, ella cambia su apariencia, convirtiéndolo en un anciano mendigo, para que pueda investigar los asuntos del palacio sin ser reconocido.
La última hazaña de Odiseo es restablecer el orden al regresar a casa. Siguiendo su primer epíteto, «el astuto», con la ayuda de su fiel pastor, sus sirvientes y su hijo, supera las pruebas de Penélope y se desquita de los pretendientes insolentes y los sirvientes que lo traicionaron. A continuación, le revela a su esposa el secreto del lecho matrimonial, conocido solo por ellos, se reúne con su padre Laertes y hace las paces con los familiares de los pretendientes asesinados. Sin embargo, el destino posterior de Odiseo en Ítaca difiere según los distintos autores. Algunos hablan de la imposibilidad fundamental para Odiseo de vivir una vida sencilla en paz, lo que le obliga a emprender de nuevo un viaje o un exilio, a buscar la soledad y, una vez más, a intentar engañar a las predicciones sobre su muerte a manos de su hijo. O incluso navegar más allá de las columnas de Hércules, el actual estrecho de Gibraltar, que se consideraba la frontera del mundo conocido en la Antigüedad.
Cuál de estas versiones es la verdadera es una pregunta errónea, porque la fuerza del mito reside en la suma de todas sus variantes y posibilidades de interpretación. Esto significa que no solo Odiseo viaja por el mar y a lo largo de los años, sino que su historia también viaja a través de las épocas y las interpretaciones, y él mismo aparece en Virgilio, Dante, Shakespeare, Joyce, Baudelaire, Schopenhauer, Hegel, Nietzsche y una interminable pléyade de poetas, pintores, músicos y directores de teatro y cine.
Odiseo es sin duda uno de los héroes fundamentales de la cultura europea.
El poeta griego Hesíodo nos es conocido por su representación canónica de la historia como una sucesión descendente de siglos: la Edad de Oro, en la que los hombres y los dioses vivían juntos, es sustituida gradualmente por la Edad de Plata, la Edad de Bronce y, finalmente, la Edad de Hierro de guerras continuas, disputas y decadencia total de las leyes, las costumbres y la gracia. Pero poco se sabe que Hesíodo no enseñaba sobre el cambio de siglos, sino sobre el cambio de generaciones, relacionando la época con el grado de imperfección humana.
Y a él le corresponde el mérito de describir el último estallido de la noble estirpe de héroes antes de la llegada de los «hombres de hierro».
Los héroes son aquellos que:
«… son más justos y mejores que los anteriores,
la estirpe divina de los héroes gloriosos. La gente los llama
semidioses: ellos habitaron la tierra antes que nosotros» [2]..
El héroe se define no solo por su evidente origen semidivino, sino también por su especial relación con el destino. El placer del héroe consiste en aceptar y cumplir lo predestinado, en el espíritu del conocido proverbio latino «el destino guía a los obedientes y arrastra a los desobedientes». El destino de cada héroe es el sufrimiento y la hazaña, en la que transforma su audacia en gloria y méritos. Zeus lleva a los buenos al Olimpo o a las islas de los bienaventurados, mientras que otros caen en combate, alcanzando la gloria terrenal.
Los dos tipos de héroes más conocidos son Heracles y Edipo. El primero se enfrenta a las batallas y vence en cada una de ellas, afirmando su superioridad sobre la naturaleza humana y el destino. Edipo, por su parte, ilustra la «profecía autocumplida»: huyendo de su destino, en completa ignorancia, hace absolutamente todo lo que quería evitar, y la verdad que se revela al final lo destroza irremediablemente.
Las historias de Hércules, Aquiles, Jasón, Perseo y otros dan lugar a la heroicidad, mientras que la historia de Edipo es la tragedia de un hombre que no pudo vencer al destino y fue aplastado por él. Sin embargo, él también es un héroe. Recordemos que Odiseo es, ante todo, un sufridor que se mueve entre dos tipos (la heroica «Ilíada» y la dramática «Odisea»), planteando su propia pregunta sobre el precio de los viajes, la separación del precio del regreso a casa después de tantos años de increíbles vagabundeos entre mares, personas, monstruos y deidades.
Así como Odiseo se encontró lejos de su patria, nosotros, los hombres modernos, estamos en gran medida lejos del mundo arcaico de la mitopoética, la ética de la antigua Grecia e incluso su psique. El mundo europeo ha cambiado repetidamente a lo largo de estos miles de años, al igual que ha cambiado la comprensión y los reflejos de la imagen de Laertes en la cultura.
Hoy en día, colocamos una parte significativa de nuestro yo y nuestra constitución psíquica dentro de nosotros mismos, en el ámbito de la reflexión y los «salones de la mente y el alma». Los antiguos griegos vivían en un modo de existencia completamente diferente y su psique se distribuía entre una multitud de actores, entre los que destacaban sus propios antepasados: las deidades del Olimpo, sus mensajeros y las sombras de sus antepasados.
El investigador de literatura antigua Eric Dodds, en su libro «Los griegos y lo irracional», al analizar a los héroes de la Odisea, resume así la especial comprensión de su propia psique y las fuentes de los diversos estados de ánimo de los antiguos griegos de la época de la guerra de Troya y posteriores: «Sin embargo, la característica más destacada de la Odisea es que sus personajes atribuyen todo tipo de acontecimientos mentales (así como físicos) a la intrusión de un daimon o “dios” o “dioses” sin nombre e indefinidos. Estos seres casi imperceptibles pueden inspirar valentía en un momento crítico o privar a una persona de su razón, como hacen los dioses en la Ilíada. Pero también otorgan generosamente lo que aproximadamente podría llamarse “advertencias”» [3].
Un guerrero bajo los muros de Troya no dirá que está lleno de valor y entusiasmo por la batalla, sino que dirá: «¡Atenea ha encendido el fuego de la batalla en mi pecho!». O el rey preguntará en el consejo: «¿Qué dios ha puesto palabras tan necias en tu boca?», o «Apolo le ha quitado su arete (fuerza para la batalla) y sus piernas se han doblado y la cuerda de su arco ha temblado». En otras palabras, el yo del antiguo griego se distribuía entre muchos actores y era más bien un campo de intersección de fuerzas humanas, sociales y divinas, y de ideas sobre el destino y el deber. Para ellos, nuestra «realidad objetiva» no existía, sino que solo había un mundo de símbolos, indicaciones, juegos de la voluntad de los olímpicos y el destino, es decir, el mundo del mito.
La transición del hombre arcaico al moderno se perfila ya desde los tiempos de Sócrates y Platón, pasando por la cultura cristiana, hasta alcanzar su culminación en la época de la Ilustración. Pasa a primer plano el hombre lleno de pasiones internas, que ahora le son propias y se viven en su interior. Aparece el hombre que conocemos como individuo, que refleja en su realidad psíquica el mundo exterior, a otras personas, los sentimientos y las emociones.
Desde el punto de vista cultural, la época de la Ilustración, y la Modernidad en general, surge de la superación de las visiones mitológicas y religiosas del mundo, identificadas con la «infancia de la humanidad». La transición de la religión a la independencia humana, basada en la racionalidad y la ciencia, se denomina prometeísmo, en honor al personaje de la mitología griega, al titán Prometeo, que se convirtió en una figura emblemática de esta época.
La esencia del prometeísmo es el impulso rebelde contra Zeus y su poder, descrito en el poema clásico de Esquilo «Prometeo encadenado». Él da a los hombres el fuego y los oficios, pero les priva del don de la profecía y del favor de los olímpicos. A partir de las complejas relaciones de honor y piedad hacia las deidades, el prometeísmo empuja a apostar solo por el principio humano y la voluntad de crear un mundo según las leyes de la razón. El hombre se libera de sus «viejos padres» y, más aún, los desafía, expulsándolos de su propia casa: la cultura, los valores y su psique. Tal audacia se denominaba hybris en griego antiguo y, en cierto modo, emparenta a los héroes antiguos con la lógica del prometeísmo. Con la única diferencia de que la audacia de los héroes está dictada por el deseo de demostrar su naturaleza sobrenatural, ampliar y traspasar los límites de lo humano y entrar en la eternidad; su desafío al sentido predeterminado de la vida es noble y contribuye a su cumplimiento. Y, al contrario: la audacia del prometeísmo tiene como objetivo liberarse del destino y las normas, dando libertad al hombre para crear su propio ser y su propio destino. Los nombres de nuestros personajes también concuerdan: a Odiseo se le llama astuto y el nombre de Prometeo significa literalmente «el que piensa por adelantado». Y ambos sufren la ira de los dioses.
Un ejemplo claro de la interpretación prometeica de la historia de Odiseo es la película homónima de Andrei Konchalovsky [4]. En esta película, la causa de los largos viajes y las desgracias del héroe es la escena en la que, lleno de entusiasmo y orgullo tras la ansiada victoria sobre Troya, sale a la orilla del mar y desafía a «los dioses del mar y del cielo», presumiendo de que él y solo él, un mortal de carne y hueso, ha vencido y ahora todo lo puede, y que no necesita a los dioses. En respuesta, el propio Poseidón le reprocha lo rápido que ha olvidado su ayuda para engañar a los troyanos y le promete castigarle por su insolencia.
El discurso de Odiseo en la película de Konchalovsky es una expresión de individualismo, un llamamiento a la omnipotencia y la libertad humanas. A pesar de la ambientación histórica de esta película, el conflicto entre el hombre y la divinidad es puramente contemporáneo, y en muchos aspectos Poseidón se presenta como la pura elementalidad del agua, lo que también subraya otro conflicto contemporáneo entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza que desea dominar. Otra figura famosa del espíritu prometeico es el activista Fausto de Johann Goethe.
En el ámbito psíquico, el hombre moderno se enfrenta a la tarea de recomponerse o integrarse, en lugar de recuperar la integridad mitológica o divina perdida. Así surge la interpretación cultural y analítica del «camino heroico» como iniciación en uno mismo: la separación y la integración como procedimientos psicológicos que forman la personalidad.
Teniendo en cuenta la importancia fundamental del símbolo y la conciencia mitológica, el psicoanálisis, por ejemplo, en el espíritu de la escuela de arquetipos de Carl Gustav Jung, propone interpretar los viajes y las estancias de Odiseo como un simbolismo determinado en el camino desde el estado de guerra hasta el regreso a casa. En resumen, algunos de los encuentros de Odiseo pueden caracterizarse así:
La tentación del loto, que al comerlo permite olvidarse para siempre y permanecer en un país maravilloso, es el primer y comprensible deseo de olvidar los horrores vividos y la pérdida de amigos; aquello por lo que se abandonó la patria durante una larga década. El sueño en la antigua Grecia era conocido como narkos, lo que permite a algunos investigadores establecer paralelismos con las adicciones de quienes padecen trastorno de estrés postraumático en nuestra época. Sin embargo, olvidarse significa perderse a uno mismo definitivamente, y el objetivo de Odiseo es volver a casa, es decir, volver a sí mismo.
El enfrentamiento con el cíclope Polifemo nos revela de manera paradigmática a Odiseo como un astuto embaucador, muy cercano a la figura del trickster, especialmente en el hecho de que se hace llamar Nique, Nadie. Y cuando los cíclopes, reunidos por el grito del ciego Polifemo, preguntan quién lo ha herido, él solo responde: «¡Nadie! ¡Nadie!». Aquí nos encontramos de nuevo con la pérdida de la identidad, pero ya en forma de doble moral, que por un lado salva la vida y por otro provoca la ira del mismo Poseidón.
El encuentro con Eolo, señor de los vientos, da lugar a un conflicto de desconfianza, cuando la tripulación del barco cree que Odiseo esconde en el saco no un viento favorable, sino oro que no quiere compartir con ellos. Aquí, el héroe vuelve a aparecer, pero ante sus seres queridos no es quien parece ser: es un embustero. Aunque él no engaña a nadie, «el sueño fatal y la locura de los compañeros» causaron la desgracia. En otras palabras, desde el punto de vista psicoanalítico, la raíz de esta desgracia está en la falsa percepción que los demás tienen de nosotros, lo que aleja a todos de la meta anhelada y, a algunos, los lleva a la perdición.
Otra isla estaba habitada por caníbales, que se comieron a los mensajeros de Odiseo. Desde el punto de vista de la relación con el yo, el canibalismo es odio hacia uno mismo, así como un excesivo autoflagelo psíquico, del que Odiseo huye rápidamente, y esta escena es una de las más breves de la canción.
A continuación, a Odiseo le espera una serie de encuentros con diversas manifestaciones o rostros del arquetipo de la feminidad: la hechicera Circe, Calipso, la sombra de su madre fallecida, las peligrosas sirenas y el par de monstruos Escila y Caribdis, que también se sitúan en el registro metafísico femenino y el simbolismo del agua, del mar.
Odiseo y su tripulación caen prisioneros de la ninfa Circe, cuyos manjares convierten a los hombres en cerdos. Aquí es evidente el simbolismo del principio animal, y la cultura europea tiende a identificar a los cerdos no solo con la suciedad, sino también con una alta fertilidad, lo que añade matices a este simbolismo. Odiseo tiene que recurrir precisamente a astucias amorosas para vencer ese poder femenino (Anima) que derrotó a sus compañeros más débiles.
Es Circe quien le indica el camino de regreso a casa a través del descenso al Hades, el reino de los muertos, lo que sigue lógicamente a la pareja de Eros y Thanatos, libido y muerte en el psicoanálisis. En el Hades se encuentra con otro reflejo arquetípico del principio femenino: su madre, que murió de pena por la pérdida de su hijo.
Y en una conversación con Agamenón, se entera de que este fue asesinado por su esposa y su amante al regresar de Troya, lo que enfrenta al héroe con otro temor masculino: la infidelidad conyugal y la pérdida del amor de Penélope.
El camino de los viajeros continúa pasando por las sirenas de dulce voz, que atraían a los marineros con su canto hacia la perdición. Son las famosas femmes fatales, la belleza femenina depredadora y traicionera. La única forma de salvarse es atarse con cuerdas, encadenarse y taparse los oídos con cera para no escuchar los cantos fatales.
Finalmente, ante Odiseo y su gente se abre la manifestación más terrible, elemental y monstruosa de la feminidad metafísica: el monstruo de múltiples cabezas, Escila, que simboliza el miedo a ser devorado por ese principio femenino sin rostro. Caribdis, por su parte, se presenta como el abismo puro del océano, la garganta monstruosa de la Gran Madre, que devora y vomita todo lo que existe. De ahí proviene el conocido dicho y la descripción de la situación de elegir entre dos opciones igualmente malas: pasar entre Escila y Caribdis; sacrificar a unos pocos o sacrificar a todos.
Tras superar estas pruebas y perder a toda su gente, Odiseo se encuentra en una isla y en cautiverio durante muchos años de la hermosa ninfa Calipso, que cura su cuerpo y, al parecer, incluso su alma. Ella es la encarnación luminosa del Anima, en contraposición a los rostros traicioneros, sepulcrales y monstruosos de la feminidad. Pero al mismo tiempo también es una prueba, esta vez con una falsa paz y olvido, la ilusión de la posibilidad de matrimonio, en la que ella insiste tanto. Odiseo se salva gracias a la intercesión de Atenea, la figura femenina más masculina y racional del panteón de arquetipos femeninos griegos. Sin embargo, al abandonar los hermosos palacios de Calipso, se embarca de nuevo en la búsqueda de su hogar, su esposa y su familia. En definitiva, el ciclo de sus viajes, desde la perspectiva del simbolismo psicoanalítico, es el camino del alma hacia la identidad y la integridad.
Pero el siglo XX se caracteriza por toda la profundidad de una nueva comprensión de la situación del ser humano en el mundo: el estado de abandono existencial del ser humano en este mundo y en su propia libertad. De ahí las fatales consecuencias de tal estado: la libertad de acción es libertad y, a la vez, la falta de cualquier punto de referencia y comprensión de «¿quién eres, ser humano?» y «¿cuál es el sentido de la vida?».
La pérdida del sentido de la vida se refleja en uno de los estados clave de la época moderna y posmoderna: la sensación del ser humano de desamparo y alienación del mundo, de las personas, del pueblo y de sí mismo. En esto influyó de manera significativa la experiencia de las dos guerras mundiales, que demostraron lo que el ser humano es capaz de hacer a sus semejantes. Y aquí vuelve a manifestarse el arquetipo de Odiseo: la pérdida en medio de la vorágine de la historia, el fuego y el metal, en la nostalgia por la patria perdida y la paz. Odiseo es el primer héroe nostálgico de la antigüedad.
Pero para el hombre moderno no existe esa Ítaca real a la que pueda regresar. La filosofía europea plantea la cuestión de que el hombre debe volver a encontrar el sentido de la vida y volver a establecerse en este mundo, del que se ha convertido en un extraño. El poeta Joseph Brodsky, tras verse obligado a emigrar, se pone uno de los nombres de Odiseo: «nadie, absolutamente nadie, un hombre con una capa que ha perdido la memoria, la patria y el hijo».
Y en otro lugar: «Y si alguien te pregunta: «¿Quién eres?», responde: «quién, yo, yo no soy nadie», como Ulises a Polifemo en su día» [5].
Lo que fue una astuta invención del héroe para salvarse se convierte en el nervio fundamental de la filosofía de posguerra en el espíritu de Jean-Paul Sartre y Albert Camus. La constatación del miedo a la pérdida del yo.
Al filósofo griego Heráclito se le atribuyen las famosas palabras «la guerra es la madre de todas las cosas: a unos los convierte en reyes y a otros en esclavos». Ya hemos abordado en varias ocasiones el tema del regreso de la guerra: la guerra cambia radicalmente al ser humano y hay que saber cómo regresar de ella. El Moisés del Antiguo Testamento guió a su pueblo por el desierto durante cuarenta años, hasta que se renovó la generación que recordaba la esclavitud en Egipto y creció una nueva, preparada para la tierra prometida.
Odiseo regresa de la guerra después de diez años, endurecido y purificado en el crisol de las pruebas, dejando atrás una década de espera bajo los muros de Troya y con su patria, su familia y la paz por delante. Odiseo regresa a casa con las manos vacías, habiendo perdido todo su glorioso botín, todos sus barcos y a todos sus hombres. Vuelve a estar en casa, vuelve a estar en su mundo, pero se encuentra desnudo ante sí mismo, como si hubiera renacido.
Recordando la conversación en el Hades con su viejo amigo Agamenón, que fue asesinado nada más regresar a casa, Odiseo prepara su última hazaña: restaurar su honor y el orden en la casa a la que regresó su padre y rey.
Se puede decir que, tras marcharse después de obtener la victoria en la guerra, Odiseo vuelve a ella, provocando una masacre en su casa, castigando a todos los pretendientes y ejecutando a las sirvientas infieles. Podría parecer que «trajo la guerra a su casa». Pero aquí se esconde otra diferencia entre nuestra cultura moderna y la cultura de la Antigua Grecia.
La cultura de la época de Odiseo y Homero es una cultura del honor o, como también se la denomina, una cultura de la vergüenza [6]. Aquí desempeña un papel protagonista la idea, a menudo estrechamente relacionada con los poderes místicos de las deidades y los antepasados, del poder de la gloria y el honor humanos ante otras personas, los compañeros de tribu y la familia. El honor es lo más importante, más importante que la vida y la vida puede sacrificarse fácilmente para preservarlo o purificarlo. Esta característica de la cultura, la moral y la ética la encontramos también en los antiguos germanos e incluso en los japoneses.
La doble moral y la astucia de Odiseo no son un problema y no pueden serle imputadas como un delito, pero la pérdida del honor, el avergonzarse a sí mismo y la inacción en la cuestión de restaurar la dignidad ante los ojos de su pueblo o su familia, eso es lo más terrible. No se trata solo de «lo que dirá la gente en ese momento», sino de «lo que se dirá de sus actos a lo largo de los siglos». Por eso, la cultura del honor se caracteriza por la venganza, que impulsa muchos de los acontecimientos de la Odisea.
La cultura de la culpa en la que vivimos también tiene raíces arcaicas, pero únicamente se impone con el cristianismo y, más tarde, es heredada por la legislación moderna y las normas morales y éticas de la sociedad. La deshonra arcaica se contrapone al pecado o al delito, la violación de las normas morales absolutas, que deben provocar un agudo sentimiento de culpa en el interior del propio individuo, independientemente de que el acto sea secreto o manifiesto. En lugar de la venganza, la cultura de la culpa supone el arrepentimiento, la expiación y/o el perdón. En la cultura de la culpa, el individuo se condena a sí mismo en primer lugar, lo que le obliga a la autoexposición pública y, lo que es más importante, al cumplimiento preventivo de los mandamientos o las leyes.
Por lo tanto, desde el punto de vista cristiano, Odiseo es inmoral, y además «inmoral públicamente», ya que sus actos son cantados por los poetas. Pero para su época es normativo, porque vence, se libra, engaña, alcanza sus objetivos y recupera todo lo que había perdido. Los pretendientes mueren no por cortejar (el propio Odiseo fue en su día uno de tantos pretendientes), sino por su insolencia y su actitud blasfema hacia el honor y la gloria del gran rey, su familia y sus propiedades. No los juzga según las leyes, sino que impone el orden mediante la venganza, y eso es valor y justicia. Y este es otro «problema de Odiseo» en el contexto de la diferencia cultural entre épocas lejanas.
Por último, para completar nuestro repaso, no podemos pasar por alto una interesante observación sobre el destino de Odiseo, que nos transmite el gran filósofo griego Platón, quien sentó las bases de la cultura europea y, por lo tanto, de la nuestra.
Al final del diálogo «La República», Platón describe una visión del más allá, donde, junto al huso de Ananke (la Necesidad), las almas de los muertos eligen una nueva vida: cada alma elige una encarnación similar y cercana a sí misma en el mundo. Pero el alma de Odiseo «recordaba las penurias anteriores y, dejando de lado toda ambición, vagó durante mucho tiempo en busca de la vida de un hombre común, alejado de los asuntos públicos; por fin la encontró a duras penas, tirada en algún lugar: todos la habían despreciado, pero el alma de Odiseo, en cuanto la vio, la eligió inmediatamente, diciendo que habría hecho lo mismo si le hubiera tocado la primera suerte».
Es decir, después de haber bebido hasta las heces la copa de los vagabundeos y los sufrimientos, el alma de Odiseo solo deseaba paz y alejarse de cualquier «hazaña heroica» en su próxima vida. Quizás esta sea una de las cuestiones principales de la Odisea: el problema de elegir el propio destino y el sentido de la vida.
Por Evgueni Nejasov
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Notas:
[1] Лосев А. «Гомер».
[2] Гесиод «Труды и дни».
[3] Доддс Э. «Греки и иррациональное».
[4] «Одиссея», реж. А. Кончаловский, 1997.
[5] Бродский И. «Новая жизнь», 1988.
[6] Бенедикт Р. «Хризантема и меч», Доддс Э. «Греки и иррациональное».

