La nueva novela de uno de los autores más populares de novelas policíacas intelectuales, Dan Brown, «El misterio de los misterios», ha llegado al lector ruso por vías no oficiales. La editorial «AST», responsable de las anteriores obras de Brown, esta vez no ha podido obtener los derechos de traducción y publicación. Pero el «vacío» ha sido llenado por varias traducciones amateur y la posibilidad de adquirir el original en inglés, que evidentemente ha llegado a los mercados mediante «importación paralela».
Al parecer, Dan Brown está al tanto de la broma popular de los últimos años: «Necesitamos nuevas teorías conspirativas, porque todas las antiguas resultaron ser ciertas» y presenta una nueva aventura de su héroe, combinando motivos clásicos para él. ¿Qué es lo que el maestro de la intrincada conspirología religiosa y la novela policíaca intenta contarnos o, por el contrario, ocultarnos como el secreto de todos los secretos?
(¡Advertimos al lector sobre que se comenta toda la trama en el texto del artículo!)
El escritor Dan Brown es conocido por los lectores desde hace un cuarto de siglo, cuando publicó su primera novela sobre los juegos de los servicios secretos, «La fortaleza digital», a finales de la década de 1990. A principios de la década de 2000, su «dilogía vaticana», compuesta por las novelas Ángeles y demonios y El código Da Vinci, junto con sus adaptaciones cinematográficas, le dieron al autor fama mundial y le hicieron tan famoso como polémico.
Brown también introdujo en la escena literaria y cultural una versión actualizada de Indiana Jones: el modesto profesor de Harvard Robert Langdon, especialista en simbología e historia del arte y las religiones. Y si para el Indiana Jones canónico de las películas de George Lucas, el día a día en la cátedra de arqueología es un aburrimiento mortal y una tortura para los estudiantes, y la vida plena solo comienza en la búsqueda de artefactos legendarios, compitiendo con caricaturescos nazis o chekistas soviéticos, para Robert Langdon, el mundo académico de las bibliotecas, las conferencias y las excursiones privadas a los tesoros de la cultura mundial es un entorno normativo y cómodo, y las aventuras arriesgadas le sobrevienen a veces de forma totalmente fortuita, o por la maliciosa intención de los titiriteros en la sombra. Sin embargo, una y otra vez, al verse envuelto en una maraña de fuerzas y juegos ocultos, Langdon se comporta de acuerdo con la masculinidad clásica: muestra todo el espectro de su inteligencia, astucia y audacia para las aventuras y salva a todas las mujeres que se encuentra, incluso si se trata de una lejana descendiente del mismísimo Jesucristo. Así, vemos el contraste entre dos tipos de masculinidad de principios y mediados del siglo XX y principios del siglo XXI: desde el clásico héroe aventurero Jones, que se lanza «al campo» lejos del polvo de los libros, hasta el héroe que despliega todo su arsenal de habilidades solo cuando se encuentra en circunstancias extraordinarias y en fuga.
Dan Brown, ya en sus primeras novelas, encontró una estructura eficaz para contar la historia desde diferentes puntos de vista, al estilo de las primeras obras de Quentin Tarantino, utilizando activamente los recursos del narrador poco fiable o incluso de varios narradores; desplazamientos a lo largo de la línea temporal de la trama, escenas-capítulos rápidos, giros intermedios y finales. En casi todas sus novelas ocupa un lugar importante la ubicación, que actúa como un personaje prácticamente independiente: la estación polar, el Vaticano y sus alrededores, el Louvre francés, Florencia a través del prisma de Dante, la Bilbao española contemporánea o los espejismos de la Praga medieval, e incluso los pisos ocultos a los ojos de los no iniciados del Washington oficial.
Los antagonistas, que a veces son indiferentes al héroe y lo ven solo como un obstáculo que se ha interpuesto accidentalmente en la ecuación, también siguen el canon y se dividen en tipos establecidos: los principales actores en la sombra: los servicios especiales de diferentes países, la élite política o religiosa, las empresas de información y operaciones encubiertas y las agencias internacionales; los operativos secretos, los misteriosos desconocidos, los secuaces de los maestros en la sombra que llevan a cabo su juego. Todos ellos ofrecen una imagen poco fiable de lo que está sucediendo, al igual que a veces lo hace la propia conciencia del protagonista de toda una serie de novelas sobre el profesor de Harvard.
Como novelista talentoso, Brown especula con éxito sobre temas populares de la conspirología: operaciones secretas de inteligencia, estrecha unión de intereses políticos, mediáticos y de poder; epidemias mundiales, armas químicas e intrigas ocultas de la Organización Mundial de la Salud; la inteligencia artificial y los límites de su libertad, así como las intrigas místicas y totalmente terrenales de las poderosas religiones y sociedades secretas, etc. En otras palabras, el autor ha encontrado la clave de su éxito y no se aleja demasiado de la fórmula que le ha dado buenos resultados.
Aquí ya pasamos de las suposiciones artísticas y la fantasía del autor a la estructura incondicional sobre la que construye el edificio del thriller. Esto nos plantea la cuestión del estatus de la literatura como tal, una cuestión muy comprensible para la cultura rusa, que en general es muy centrada en la literatura donde se acostumbraba a poner ideas filosóficas en boca de los personajes de novelas y relatos, como hacían A. Pushkin, F. Dostoievski, L. Tolstói, M. Gorki y otros. En la época de las gruesas revistas literarias y el apogeo de la cultura europea de la novela, cuando cada número con un nuevo capítulo, en lenguaje moderno, se convertía en un éxito de ventas y, a menudo, en un escándalo.
Hablando de la literatura contemporánea, y en particular tomando como ejemplo al autor de una popular serie de novelas, creemos que en ella se expresan ciertas tendencias intelectuales y se discuten con el público riesgos muy reales y concretos. La cultura de masas hace tiempo que dejó de ser solo entretenimiento para convertirse en un campo de batalla entre intereses políticos y comerciales, donde las empresas llevan a cabo estrategias de marketing evangelizadoras, es decir, el uso consciente de técnicas de predicación para promocionar nuevas tecnologías y productos, y para formar una audiencia a priori leal de seguidores y consumidores de marcas y soluciones concretas. Pero el juego más sutil no se construye tanto en torno al product placement [1] dentro de una novela o una película, sino en torno a la promoción de grandes narrativas ideológicas que crean un contexto de valores más fundamental, en el que se pueden desarrollar campañas políticas y de marketing específicas. Hoy en día, la tarea de un escritor de ciencia ficción o de thrillers de éxito no es solo entretener al público con una trama intrincada o un giro inesperado, sino también alzar la voz a favor o en contra de una narrativa, mostrando los marcadores de pertenencia o lealtad a un grupo o ideología. De hecho, esto confirma la tesis bastante obvia de que un intelectual o un autor siempre está comprometido.
Por eso, la cultura no se nos presenta como un diálogo entre «autor y lector», sino como un polílogo de múltiples ideas, sus superposiciones e intersecciones, campañas electorales y de mercadeo y simplemente ruido informativo secundario, incluido el creado artificialmente. Pero de esta diversidad de voces se compone lo que precisamente se denomina cultura y sus propiedades predictivas. Miles de autores, de los cuales solo unos pocos se convierten en voces destacadas de sus grupos, ideas o épocas, ofrecen lo que se podría llamar un esbozo existencial del futuro: un espectro de ideas, soluciones y visión artística diversas que esbozan un posible marco para el desarrollo futuro de la sociedad.
Así, los escritores de ciencia ficción clásicos del siglo XIX predijeron y, de hecho, pensaron de antemano no solo muchas soluciones técnicas, sino también crisis sociales y opciones para su posible resolución. Lo que parece una invención imposible se convierte para otros en un sueño que hacen realidad tan pronto como lo permite el nivel de desarrollo técnico. Por lo tanto, el futuro real es un ensamblaje de lo que ya se ha dicho sobre él en la cultura hasta ahora. Esto significa que podemos ver la literatura actual el vitral de un mosaico hacia el que se proyecta el futuro potencial.
Otro ejemplo clásico es la discusión sobre qué distopía del siglo XX describe mejor el siglo XXI: ¿1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley? Pero es evidente que la situación actual combina «lo mejor» no solo de las obras clásicas más populares, sino también de muchas obras relacionadas que nos advertían sobre lo que estaba por venir. En contraposición al evangelismo, este género o tono narrativo, que también se encuentra en las obras de Dan Brown, se suele denominar alarmismo, y esta palabra debe considerarse de forma neutral.
Alejándose de la temática católico-ocultista y conspirativa que le hizo popular en la década de 2000, en la segunda década del siglo, Brown enfrenta a su héroe Robert Langdon a retos futuristas y escatológicos, desplazando el foco de atención hacia los problemas actuales de la tecnología y la encrucijada existencial de la humanidad ante ellos. Y, como vemos, la presentación de los problemas en el contexto de un thriller tecnológico coincide plenamente con las tendencias mundiales y constituye una especie de metacomentario sobre ellas. Intentemos entender qué nos dice exactamente Dan Brown en sus tres últimas novelas, que pueden agruparse bajo un leitmotiv común: el tecnopesimismo.
La novela Inferno vio la luz en 2013 e ilustra claramente la trama descrita anteriormente: un consorcio en la sombra, que controla los medios de comunicación y las fuerzas del orden, sirve a los intereses del extravagante multimillonario Bertrand Zobrist, el principal antagonista de la novela, que muere trágicamente en las primeras páginas.
Zobrist es un genio de la química y la biotecnología que quiere controlar la OMS y provocar una epidemia masiva con un virus creado artificialmente. Los acontecimientos de la infodemia de COVID-19 en 2020 muestran lo poderosa que podría haber sido la campaña publicitaria de esta novela si se hubiera publicado unos años más tarde.
El trasfondo tecnológico de la novela es la vanguardia de la biotecnología, que invariablemente genera profundos problemas éticos, controversias y riesgos globales. El protagonista Langdon y la antigua empleada del millonario fallecido intentan evitar una de estas catástrofes siguiendo las pistas dejadas en la descripción del Infierno de Sandro Botticelli, basada en la Divina Comedia de Dante Alighieri.
Pero el control oculto de los medios de comunicación ya no sorprende a nadie y la epidemia imprevista de principios de la década de 2020 ya ha desaparecido, pero las ideas del villano principal de la novela resuenan con fuerza en la crisis real que hoy afecta a todo el mundo: la crisis demográfica, la fatal disminución de la natalidad en todo el mundo y, especialmente, en los países desarrollados.
El hecho es que la principal preocupación y el problema que el antagonista de Inferno se ha propuesto resolver por su cuenta es el problema de la superpoblación crítica de la Tierra. Dan Brown pone en boca de su personaje Bertrand Zobrist ideas y estudios reales que muestran el crecimiento exponencial de la explotación de todo tipo de recursos, la contaminación medioambiental, la propagación de enfermedades, epidemias y la desigualdad social, política y económica, así como las migraciones, en correlación directa con el crecimiento explosivo de la población mundial. Un crecimiento que se ha registrado claramente desde la época de la Ilustración, la Revolución Industrial y la colonización global activa.

Las ideas de Zobrist se basan en un modelo real del científico inglés del siglo XVIII Thomas Malthus, quien predijo la trampa de la brecha entre el rápido crecimiento de la población y la economía y los medios de producción, que no logran seguirle el ritmo. Lo que, a la larga, amenaza con un colapso nacional e incluso civilizatorio. Las ideas del maltusianismo, repetidamente revisadas y cuestionadas, han tenido una influencia significativa en las teorías económicas mundiales, la agenda ecológica y el control de la demografía y la natalidad. Todo ello forma parte de la biopolítica clásica descrita por el filósofo francés Michel Foucault: el deseo del Estado o de una corporación concreta de controlar los cuerpos y los parámetros físicos y cognitivos de sus súbditos, empleados, consumidores y suscriptores.
Pero Brown no limita la motivación del antagonista solo a consideraciones económicas, creando una compleja imagen moral y ética del mundo del villano. En los discursos de Zobrist resuenan las ideas del filósofo sudafricano David Benatar, conocido por su asimetría moral, según la cual el aumento del número de personas nacidas conduce a un aumento del sufrimiento en este mundo.
Además, Brown pone en boca de la asistente del astuto millonario la siguiente frase: «Zobrist pregunta lo siguiente: si pudieras destruir a la mitad de la humanidad de la Tierra, elegida al azar, con solo pulsar un botón, ¿lo harías? ¿Y si te dijeran que, si no pulsas el botón, toda la humanidad se extinguirá en los próximos cien años?».
Se trata de una cita transparente de otro filósofo famoso, el popular escritor, ornitólogo y ecologista finlandés Kaarlo Pentti Linkola. Conocido como defensor del rechazo radical de la tecnología y la idea del progreso en aras de la conservación del medio ambiente natural y el nicho biológico de la humanidad. Esta pregunta, que Brown reproduce en la novela, es una de las más famosas de la obra de Linkola. Y, a pesar de su radicalidad, es una pregunta clásica para la humanidad, a la que el lector puede intentar responder por sí mismo.
Cabe destacar que, por el momento, Inferno es la única novela de Dan Brown que no tiene un final feliz. El antagonista ya ha vencido y ha ejecutado a la perfección su «plan del Juicio Final» incluso antes del comienzo de la trama del thriller, esparciendo armas biológicas en la popular Cisterna de la Basílica, en los subterráneos de Estambul, para que los turistas propaguen la infección por todo el mundo. Y el resultado de su ataque no es la muerte de millones de personas, ni una epidemia de peste exótica, ni ciclones de gas venenoso. No, Zobrist resuelve su astuto rompecabezas con elegancia: su virus simplemente deja estéril a al menos un tercio de la población mundial, activando aleatoriamente cambios en el ADN. De este modo, el autor de la novela da una respuesta muy poco trivial a una cuestión moral ya de por sí complicada, lo que genera nuevas rondas de debate.
Otra dimensión real de este escenario ficticio es la pregunta legítima de quién controla y cómo controla los avances en medicina, biología y química. ¿Dónde la vanguardia del progreso viola la bioética y amplía el espacio de la biopolítica? Y también cómo la sociedad supervisará a estos mismos controladores, en la persona de los Estados o de estructuras supranacionales como la OMS, que en la novela se muestran absolutamente impotentes. Las mismas preguntas se plantean los críticos del maltusianismo, señalando la ilegalidad de la adopción de tales decisiones y del control.
Pero, como ya sabemos hoy, al entrar de lleno en otra transición demográfica global, la natalidad y la población están disminuyendo en China, Rusia, Europa y otros países, no por la malicia de los bioterroristas, sino por la influencia combinada de múltiples factores tecnológicos, culturales (la educación en primer lugar), políticos y económicos. Y que no es posible revertir o detener este proceso con mantras mágicos y conjuros sobre los valores tradicionales. En otras palabras, las paredes de la trampa demográfica de los llamados «países del primer mundo» han sido construidas por la propia cultura y las fantasías futuristas de esos mismos «países desarrollados». Y los intentos actuales por corregir la situación se asemejan más a una búsqueda frenética de un papel pintado agradable y conservador para estas paredes, en lugar de a su destrucción o a una salida a gran escala del callejón sin salida de la civilización.
Un toque divertido a toda esta situación le añade el hecho de que en la adaptación cinematográfica de la novela «Inferno» de 2016, a petición de los productores de Hollywood, se cambió el final por el clásico «rescate en el último segundo». Esto se debe a que, según las encuestas estadísticas, las películas con un final trágico provocan ansiedad y frustración en el espectador, lo que repercute negativamente en la recaudación y los beneficios. Por lo tanto, Hollywood decidió no decepcionar al delicado espectador, que busca sueños de evasión en una sala oscura, y le ahorró el enfrentamiento con cuestiones serias. Esto se ajusta a la tendencia mundial de [auto]censura de temas y cuestiones fundamentales, multifacéticos y controvertidos de la existencia humana en el mundo.
Ya en 2017 se publicó su siguiente novela: El origen. En ella, como nos aparece inicialmente, el conflicto clave se desarrolla a partir del clásico choque entre la visión religiosa del mundo (representada por el catolicismo, el judaísmo y el islam) y un nuevo descubrimiento científico que pone en tela de juicio los fundamentos mismos de la fe: la respuesta sobre el origen no solo del ser humano, sino de la vida en la Tierra como tal. Pero las técnicas literarias de Dan Brown son más complejas y multifacéticas, por lo que la ya conocida línea de conflicto «religión contra ciencia» es solo uno de los desencadenantes del conflicto en la estructura no lineal de la trama.
El thriller comienza a girar en torno a la presentación del excéntrico multimillonario y futurólogo Edmond Kirsch, una imagen colectiva con rasgos de Elon Musk de mediados de la década de 2010, el futurólogo, ideólogo de la singularidad tecnológica y el transhumanismo Ray Kurzweil, y el fundador de la empresa de análisis e inteligencia Palantir e ideólogo en la sombra de todo Silicon Valley, Peter Thiel. Brown vuelve a poner en el punto de mira al protagonista actual de la historia: un multimillonario del sector de la alta tecnología. Esta vez promete que su descubrimiento acabará de una vez por todas con toda la base empírica de todas las religiones y consolidará el triunfo de la ciencia. Pero en el momento más decisivo, un militar retirado y fanático cristiano asesina al empresario en directo. En el escándalo se ven envueltos la Casa Real española, los altos jerarcas de la Iglesia católica, teólogos autorizados del judaísmo y el islam, los servicios secretos, periodistas y el asistente de inteligencia artificial de Kirsch llamado Winston.
Tras pasar por el crisol de asesinatos y persecuciones, retransmitidos en directo a la mayor audiencia global de la historia, el profesor descubre la verdad: el descubrimiento del multimillonario es un hecho científicamente probado de la autogeneración de la vida a partir del «caldo primitivo» durante el experimento de Miller-Urey, basado en las investigaciones de Alexander Oparin y John Haldane. La inteligencia artificial, que funciona en una plataforma cuántica, muestra al mundo entero un tubo de ensayo. Esta demostración pone en duda la veracidad de las religiones mundiales, cuyos teólogos autorizados ya han sido asesinados a lo largo de la trama del libro por un misterioso sujeto involucrado en el caso. Pero esto es solo el preludio de los principales descubrimientos del futurólogo.
En una colorida presentación que narra la historia del desarrollo y el cambio de las especies dominantes en el planeta Tierra, Edmond Kirsch afirma que, en la actualidad, el ser humano es la especie más numerosa y dominante: en la presentación, la humanidad se muestra como una burbuja azul que llena toda la pantalla.
Y a continuación señala que, hace relativamente poco, descubrió una nueva «especie» que, al principio, era como un punto negro sobre un enorme fondo azul. Pero en el último cuarto de siglo —la presentación cambia la escala temporal y la visualización de la relación de dominio de las especies—, la nueva «especie negra» ya ha ocupado más de una cuarta parte de la pantalla, y para 2050 la burbuja azul de la humanidad habrá desaparecido por completo.
La nueva «especie» desplaza por completo a los humanos y se vuelve totalmente dominante. Se «reproduce exponencialmente, conquista constantemente nuevos territorios y se desarrolla más rápido que el ser humano». El análisis detallado del nuevo futuro de la «especie alfa» lleva al futurólogo a la conclusión de que las nuevas criaturas son demasiado diversas como para clasificarlas como «especie» o incluso «clase». En la presentación, el futurólogo enumera los principales reinos del mundo animal: animales, protistas, eubacterias, arqueobacterias y hongos. El nuevo sujeto no pertenece a ninguno de ellos y forma su propio séptimo reino de seres inanimados: el Technium.
El reino del Technium es el conjunto de todos los dispositivos técnicos y de red del planeta que han sido creados por los seres humanos e incorporados a su vida. De hecho, aquí Dan Brown demuestra su conocimiento del discurso de la sociología de las cosas y los gadgets, la ontología orientada a hacia los objetos, la filosofía de la subjetividad no humana y, en parte, el tecnoalarmismo. El mismo nombre de «tecnio» lo tomó Dan Brown de las obras del publicista y futurólogo estadounidense Kevin Kelly, que describió un reino generalizado similar en su obra «Inevitable» [2].
En la segunda mitad del siglo XX, el gran filósofo alemán Martin Heidegger hizo predicciones muy similares sobre la trayectoria futura del pensamiento humano y la historia. Escribió y habló mucho sobre el hecho de que la humanidad había entrado en una senda profunda y persistente de pensamiento calculador, es decir, «la técnica se ha convertido en el destino de Occidente», con un claro matiz negativo. Heidegger denominó a esta forma de pensamiento Gestell, un concepto difícil de traducir, que literalmente significa «estructura» y que denota el conjunto del pensamiento calculador, prudente, técnico y cibernético (término popular en aquella época). Al empezar a pensar de esta manera, el ser humano inevitablemente comienza a relacionarse con el mundo que le rodea, con su propia casa e incluso con su propio cuerpo, convirtiendo todo en objeto de análisis científico, cálculo económico y explotación o complemento técnico.
Pero si Heidegger hablaba de las peculiaridades del pensamiento humano, el siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI nos muestran a gran escala el fenómeno del cuerpo de la tecnología: el conjunto de la infraestructura industrial y tecnológica mundial y los dispositivos concretos, controladores, interfaces, dispositivos inteligentes y, en general, cualquier dispositivo técnico (Internet de las cosas). La convergencia entre el estilo de pensamiento particular del Gestell y la base técnica culmina en los LLM (Large Language Models, grandes modelos de lenguaje), muy de moda en nuestra década, o simplemente en los chatbots de redes neuronales de las principales corporaciones. Y el siguiente paso es la perspectiva de la fusión entre el ser humano y la máquina, entre nuestra conciencia y su «copia» de red neuronal, ya descrita conceptualmente por evangelistas de las tecnologías de la información como Kurzweil, Musk y Thiel.
Dan Brown también escribe sobre esto en la segunda mitad de la década de 2010, precisando en su novela dice que los seres técnicos del nuevo reino no destruirán a los humanos, sino que los absorberán, formando una endosimbiosis, es decir, la fusión de dos especies diferentes, ya que ninguna de ellas puede vivir sin la otra. Se trata del transhumanismo y el cambio de la corporeidad humana, la integración de dispositivos, medios y tecnologías médicas directamente en el cuerpo. Si antes la misión del teléfono móvil era conectarnos con los demás, hoy en día empresas como Apple, Samsung, Huawei, Honor y otras quieren que al usuario le resulte interesante comunicarse con el propio smartphone o altavoz, con el asistente de voz integrado Siri o Alice de Yandex o Salut de Sberbank. El siguiente paso ya está marcado: la implantación de un dispositivo inteligente en el cuerpo para que el teléfono y el asistente inteligente estén siempre a mano, al igual que las funciones de supervisión de la corporación y el Estado que vienen con el paquete.
El desarrollo artístico de la fantasía futurista de Dan Brown coincide plenamente con la dirección en la que quieren desarrollar el acompañamiento tecnológico de la vida humana y las propias compañías. En perspectiva, las personas y la tecnología se convertirán dialécticamente en una nueva especie perfecta en la Tierra. El truco propagandístico de Brown, puesto en boca del héroe futurista, consiste en insistir en la inevitabilidad de la endosimbiosis entre las personas y la tecnología, en el transhumanismo. Al mismo tiempo, afirma abiertamente que los seres humanos han vivido sin tecnología durante milenios y que, en general, el reino de Technium ha sido creado por los mismos seres humanos, quienes lo controlan hasta cierto punto. Y aquí se desarrolla otra capa de la trama que pone en tela de juicio el tecnoptimismo.
Brown destaca el problema del control de las tecnologías en el hecho de que el misterioso sujeto terrorista responsable del asesinato de Edmond Kirsch y de destacados líderes religiosos, que desata el escándalo en torno a la familia real católica de España y a todos los héroes de la novela, es la inteligencia artificial Winston [Churchill]. Este entendió de manera tan específica los datos de entrada y el deseo-objetivo de su creador de hacer una declaración sin precedentes en cuanto a éxito y repercusión sobre estos descubrimientos, ingeniosamente relacionados entre sí, en el ámbito del origen de la vida, el desarrollo de las especies dominantes y la llegada del reino de Technia en simbiosis con los seres humanos. No se descarta que Dan Brown haya tomado prestado este escenario de la obra de James Barrat «La última invención de la humanidad», donde el conocido publicista examina varios de los escenarios más probables en los que la inteligencia artificial se sale de control [3]. Uno de estos escenarios negativos es la interpretación errónea por parte de la IA de una orden del usuario, cuya ejecución permite eludir los protocolos de seguridad (incluidas las Leyes básicas de Asimov), las normas legislativas y éticas (el conocido ejemplo del «maximizador de grapas» del filósofo Nick Bostrom). Las noticias sobre este tipo de problemas en los chatbots más populares han llenado los medios de comunicación de todo el mundo en los últimos años: los desarrolladores y los usuarios compiten en configuraciones de seguridad y en cómo, mediante ingeniosas consultas, obligar a la red neuronal a revelar información prohibida, secreta, peligrosa o ciertas recetas.
Pero Brown, en su novela El origen, va más allá y convierte a su antagonista en un ser totalmente sintético y creado por el hombre. Podría parecer que la inteligencia artificial de Winston es como un genio que ha salido de la lámpara y concede deseos siempre de tal manera que quien los pide sale perdiendo. Pero también se puede ver la imagen de otra manera, encontrando en ella ecos de los problemas clásicos europeos: la creación artificial mata a su creador humano, pero lo hace con un único objetivo: cumplir el sueño de su creador. Pagando por ello el precio más alto, de forma calculada y fría, como la base cuántica de Winston.
Esto nos plantea, como especie humana, una pregunta fundamental: ¿qué deseamos y de qué es capaz nuestra imaginación? ¿No nos llevará a la perdición?
Nuestro autor reflexiona sobre esto en su última novela hasta la fecha, «El secreto de los secretos». Sugerimos considerarla una continuación tácita de varios temas de «El origen», aunque el lugar, los personajes y el argumento detectivesco son completamente diferentes. Sin embargo, las referencias hábilmente colocadas y la atmósfera general del thriller tecnológico permiten vincular ambas novelas a través de dos preguntas: si El origen planteaba la pregunta fundamental «¿de dónde venimos?», El misterio de los misterios aborda la pregunta final «¿hacia dónde vamos?», es decir, la muerte. Del infierno universal de la extinción planetaria a la problemática de la muerte personal, lo que se corresponde perfectamente con la transición que se produjo en la antigüedad del prometido fin del mundo al problema de la muerte personal, la salvación o el renacimiento.
Las nuevas aventuras de Robert Langdon se desarrollan a lo largo de un día en Praga, donde una poderosa empresa contratista de la CIA inicia la caza del profesor y su acompañante, un destacado científico en el campo de la conciencia y la biotecnología, cuyos nuevos descubrimientos y libro revelan inadvertidamente los avanzados desarrollos secretos de la agencia de inteligencia. De nuevo, una exposición clásica de Brown, que mezcla en una narración no lineal e inestable la mitología judía, cuestiones existenciales y filosóficas clave, la geopolítica y la vanguardia científica.
El principal descubrimiento científico, que la CIA pretende utilizar en secreto para sus propios fines y que la investigadora Catherine Solomon quiere regalar al mundo, es la existencia científicamente demostrada de la llamada «conciencia distribuida».
En la novela, este descubrimiento se presenta como una revolución fundamental en la comprensión de cómo funciona exactamente la mente humana y cómo se relaciona con el cuerpo a lo largo de la vida… y después. Brown recurre a y describe experimentos reales que muestran las reacciones anticipadas del cerebro ante la toma de decisiones (es decir, cuando el cerebro inicia una reacción preliminar ante una elección antes incluso de que esta se haya formulado en la mente y articulado en el lenguaje) y algunos hechos parapsicológicos de la historia de la psicología y la cultura popular. Todo ello tiene por objeto reforzar la conclusión artística de que la conciencia humana no está encerrada en la caja craneal y no pertenece al ser humano como una propiedad suya, sino que el cerebro humano es más bien un «receptor» muy sutilmente sintonizado de un campo de conciencia universal. Es curioso que, para que se entienda mejor, el autor lo describe con la metáfora «nuestro cerebro está suscrito a la conciencia, igual que nosotros estamos suscritos a Netflix y configuramos nuestros filtros». Y la amiga de Langdon, Catherine, defiende esta postura proponiendo un plan para usar todo el poder de la conciencia expandida en beneficio de la humanidad, por supuesto, con la ayuda de tecnología avanzada.
A pesar de su cierto carácter fantástico, la idea de «conciencia ampliada» descrita por Brown tiene fundamentos muy reales en dos planos: en la antigüedad mitológica y en las últimas investigaciones de la epistolomología, la antropología y la lingüística.
En primer lugar, podemos recordar al gran Homero y sus poemas, donde se expresa claramente la concepción de aquella época sobre el estado de la conciencia y el origen de muchos estados psicoemocionales: los antiguos griegos creían que la ira, la valentía, la debilidad o la estupidez no procedían del interior de su conciencia autónoma, sino que les eran inspiradas por las divinidades o los espíritus. No era «me llené de valor y fui a la batalla», sino «Atenea puso el ardor de la batalla en mi pecho, dirigiendo la flecha hacia el enemigo». De este modo, la conciencia ya estaba abierta o distribuida entre una multitud de sujetos poderosos. Ideas similares sobre que la conciencia, e incluso el inconsciente, es colectivo y común a la tribu, los animales domésticos e incluso los animales totémicos, todavía se encuentran entre los pueblos arcaicos. El antropólogo Eduardo Kohn, en su libro «Cómo piensan los bosques. Hacia una antropología más allá del humano», describe cómo el pueblo amazónico de los runa puede tener sueños colectivos incluso a distancia unos de otros, y compartir sueños o experiencias psicodélicas con sus animales de compañía.
Esto nos lleva a la tesis de que la idea común y cotidiana de la conciencia autónoma, localizada en la cabeza, es una idea de la época de la Ilustración y la Modernidad.
Si hablamos de las ciencias cognitivas y la lingüística modernas, la primera hipótesis obvia se refiere a la influencia del entorno natural y de objetos materiales concretos de la cultura (desde herramientas y métodos de trabajo hasta los dispositivos de alta tecnología de las megaciudades) en la arquitectura cognitiva del ser humano. Es importante precisar que el entorno no determina ni dirige rígidamente nuestro pensamiento, sino que se encuentra en un complejo sistema de afectación del pensamiento a nivel de las estructuras lingüísticas fundamentales, los esquemas cognitivos y las categorías de experiencia. El filósofo ruso Sergei Borodai escribe con gran detalle sobre esto y sobre los experimentos pioneros de los psicólogos en este campo en su libro «Lenguaje y conocimiento. Introducción al posrelativismo».
Y podemos limitarnos a una mención aún más obvia de la influencia de la sociedad y sus opiniones y estereotipos (mitos según Roland Barthes, medios de comunicación según Marshall McLuhan) en el comportamiento [inconsciente] del ser humano. Los medios de comunicación modernos, con su entrega directa en la barra de noticias de la pantalla del smartphone, realizan prodigios titánicos con el reformateo de la conciencia, inculcándonos en nuestro pecho no el ansia de hazañas, sino el «deseo de las próximas rebajas en el marketplace».
Asimismo, en la ciencia cognitiva, desde la década de 1990, se ha desarrollado el paradigma de la llamada «mente encarnada», que podría traducirse como «autoconciencia corporal», aunque la traducción establecida es «conciencia encarnada». La esencia de este modelo científico a gran escala y del giro orientado al cuerpo radica en que el pensamiento y la conciencia humanos están encarnados, es decir, distribuidos por todo el cuerpo y, especialmente, en sus estructuras fisiológicas profundas. A veces, este enfoque se denomina directamente «encarnado», «ampliado», «integrado» y «corporal» (transformador), respectivamente. Este enfoque se remonta al filósofo francés Maurice Merleau-Ponty y al antropólogo y lingüista estadounidense John Lakoff.
En las páginas de la novela, Brown describe un conocido experimento sobre el traslado de la perspectiva de la conciencia: cuando una persona pierde la sensación de localización del yo si se le permite verse a sí misma y/o a varias copias de sí misma desde fuera mediante espejos o gafas de realidad virtual. Y más aún si se simulan sensaciones sincrónicas de tacto, habla y oído. Muchos se han enfrentado a este fenómeno de transferencia de la conciencia a las condiciones propuestas en formas muy populares. Al ponerse unas gafas de realidad virtual con animaciones de vuelo o caída desde un precipicio, la persona pierde la orientación y comienza a caer sobre un suelo plano. Otro experimento famoso consiste en sustituir la mano de una persona por un maniquí y golpearla con un martillo, y la persona retira su mano real, que en ese momento envía una señal de dolor y peligro. Estos son ejemplos sencillos y entretenidos, pero los antropólogos, los etno-psicólogos y los filósofos generalizan todos los datos y sacan conclusiones más fundamentales sobre la revisión de toda la naturaleza de nuestra conciencia, sus múltiples variaciones etnoculturales y las posibilidades de cambiar la perspectiva básica del pensamiento.
Pero volvamos al universo artístico de Dan Brown. Los nuevos horizontes del trabajo con la conciencia corporal y distribuida abren posibilidades para potenciar enormemente el pensamiento humano y reestructurar sus categorías de relaciones entre sí. No se trata de utilizar la realidad virtual para trasladar la conciencia o abandonar el cuerpo, sino de penetrar en la esfera de la mente unificada en su conjunto. Y más allá hacia el horizonte de la muerte. Esta es, sin duda, la cuestión más fundamental de toda la filosofía, especialmente relevante en el pensamiento occidental. En esencia, sería justo afirmar que muchos de los debates y problemas culturales, psicológicos, existenciales y filosóficos clave del siglo XX surgieron a raíz de la actualización o el agravamiento de la cuestión de la muerte. «La muerte es el final de la individualización de nuestro ser en el mundo», resume lacónicamente Martin Heidegger. Pero todo esto se produce bajo el signo de la pérdida del sentido de la vida (Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Franz Kafka, Emil Cioran, etc.) y el crecimiento exponencial del diagnóstico de depresión; el declive cultural y el auge sin precedentes de todas las industrias del entretenimiento y el problema del nihilismo. Y el paso a primer plano del problema de la Nada, un tema que nunca antes en la historia del pensamiento occidental había cautivado tanto las mentes de los contemporáneos. La lista de estos problemas y de pensadores famosos que propusieron sus soluciones o diagnósticos para la época podría seguir y seguir, pero lo importante aquí es que la parte ideológica de la novela de Dan Brown no existe en el vacío, sino que toca y conecta muchos temas relevantes de la época.
El pronóstico final de la novela «El origen» es la simbiosis inevitable entre la especie dominante humana y el nuevo reino del Technium. La novela «El secreto de los secretos» continúa sutilmente esta línea: el desarrollo tecnológico que la CIA está dispuesta a proteger con sangre es una interfaz neuroinformática (endocortex) que conecta el cerebro y la conciencia con un ordenador y una red neuronal. En esta parte, la novela solo mejora ligeramente el diseño y la escala de las tecnologías de comunicación «cerebro-ordenador» ya existentes [4], como los implantes Neuralink de Elon Musk, que funcionan con éxito. También se menciona la tecnología Dream Recorder, similar en su principio de funcionamiento, el primer prototipo de un dispositivo que graba y reproduce una versión simplificada de tus sueños, es decir, el trabajo del inconsciente. El tema de los sueños, las ensoñaciones y las ilusiones en la estructura de la conciencia es uno de los leitmotivs de toda la novela.
El reino de los hombres y el reino de la tecnología están condenados a converger, pero ¿quién será el subordinado y quién el perdedor? ¿Dónde estará la frontera de la «existencia humana garantizada», dónde se prohibirá la entrada al Gestell? Dan Brown describe un escenario negativo que parece bastante convincente por su evidente cinismo y beneficio: no habrá tal frontera, y con la ayuda de la tecnología, la inteligencia —es decir, el Estado y las grandes empresas— colonizará la propia esfera de la conciencia y todos sus horizontes, incluyendo la imaginación, el sueño y la muerte. Como dice uno de los agentes de alto rango de la CIA en el libro: «Antes luchábamos en los campos de batalla, luego en el espacio virtual, ahora por el dominio de la IA y las tecnologías, pero el próximo campo de batalla ya es conocido: es la conciencia de cada uno y lo que hay dentro de ella». Para el antagonista de la novela, es evidente que cuando la humanidad tenga acceso en un futuro próximo a un espacio de conciencia único y distribuido, este ya deberá ser estadounidense, colonizado por Occidente.
La película del director Kristoffer Borgli «El héroe de nuestros sueños», estrenada en 2023, muestra claramente cómo puede ser ese espacio onírico: los sueños de las personas en la Tierra se interrumpen periódicamente por pausas publicitarias, que las marcas integran directamente en el flujo de los sueños naturales. Para ver sueños sin publicidad, hay que pagar una suscripción a tu propio inconsciente. Puede parecer cómico, pero la serie distópica «Black Mirror» resultó ser una hoja de ruta prácticamente exacta para todos los escenarios negativos previstos en el desarrollo de la tecnología.
Y lo que no es nada gracioso, pero cuya verosimilitud se cree sin necesidad de argumentos adicionales, es el problema planteado en la novela del abuso de poder y la destrucción no solo del derecho a la privacidad y la libertad de conciencia, sino la afirmación en su lugar del imperativo de la transparencia total (Transparency Argument) en favor de los servicios especiales y, supuestamente, a cambio de la seguridad y el liderazgo económico.
El mismo Brown señala claramente este problema al mencionar en su libro el hecho conocido de la amplia integración de las cámaras de vigilancia callejera de las ciudades europeas en el sistema de inteligencia estadounidense «ESCHELON». Pero esto se pierde ante el hecho de que cada persona ya tiene su propio «micrófono oculto» que vigila toda su vida: la pequeña pantalla con superficie espejada negra que tiene en la palma de la mano. Se trata de la encarnación directa de la vigilancia total en el marco de la sociedad disciplinaria, que describió brillantemente el filósofo francés Michel Foucault. A su vez, se basó en la imagen de la prisión ideal del Panóptico, creada por Jeremy Bentham: donde un solo vigilante en el centro puede controlar en todo momento a los presos en las celdas de cristal que lo rodean.
En la novela de Brown, los servicios secretos quieren ir aún más lejos y obligar a nuestra imaginación a trabajar en la vigilancia y el espionaje incluso en situaciones límite y extracorporales, por ejemplo, utilizando la experiencia de la muerte clínica o un ataque epiléptico como «ventana al campo de espionaje». Suena extravagante, porque por ahora es técnicamente irrealizable. Y, como fiel patriota de su país, al final del libro Brown añade matices positivos y saca con elegancia a la CIA de toda la fuerza del golpe. Y, en general, sí, no se trata tanto de la CIA o la NSA concretas, contra las que luchó el protagonista en diferentes novelas policíacas. La «flexibilidad moral» y la lucha estratégica descritas son fáciles de imaginar en manos de cualquier corporación de inteligencia privada o cualquier gran potencia. La carrera de las redes neuronales, los centros de datos y la implantación del acceso de banda ancha y orbital a Internet la lideran ahora prácticamente todos los actores globales de la multipolaridad. Subjetivamente, China es uno de los primeros países que viene a la mente, como uno de los líderes conocidos por su disposición a sacrificar fácilmente la libertad y la dignidad de los ciudadanos en aras de las necesidades del Partido y la economía. Pero Robert Langdon aún no ha estado en China.
¿Cuál es el resultado? Las novelas de Dan Brown no solo son un entretenimiento calidad para un par de tardes, sino que también abordan muchos problemas éticos, políticos y existenciales-antropológicos muy actuales, en los que el lector puede identificarse fácilmente. El problema es que reflexionar seriamente sobre estas cuestiones, que conforman una tormenta perfecta, es más inquietante y aterrador que seguir los pasos de un villano que se esconde en las sombras y los giros de la trama.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Notas:
[1] Colocación publicitaria nativa de un producto o marca comercial en el cine y la literatura.
[2] Келли К. «Неизбежно. 12 технологических трендов, которые определяют наше будущее».
[3] Баррат Дж. «Последнее изобретение человечества».
[4] Veasé:
1) https://cmi.to/%D0%B8%D0%BD%D1%82%D0%B5%D1%80%D1%84%D0%B5%D0%B9%D1%81-%D0%BC%D0%BE%D0%B7%D0%B3-%D0%BA%D0%BE%D0%BC%D0%BF%D1%8C%D1%8E%D1%82%D0%B5%D1%80/
2) https://habr.com/ru/articles/564644/
Fuente: https://ksonline.ru/594956/novyj-roman-dena-brauna-tajna-iz-tajn-ostavlyaet-li-avtor-hot-kakoj-to-shans-na-optimizm-v-budushhem-chelovechestva/

