El tradicionalismo es una doctrina que tiene una dimensión filosófica, política y esotérica que da forma a un sistema integral el cual tiene una visión muy diferente de la historia del desarrollo de Europa, mientras traza un posible horizonte futuro de la sociedad donde se exponen escenarios negativos y, en la medida de lo posible, también algunos escenarios positivos. Una de las preguntas más frecuentes que se hace a los tradicionalistas es cuál es su enfoque con respecto a la economía y las soluciones que se han propuesto con respecto a este aspecto de la sociedad. Es obvio que el tema de la economía apenas si es abordado con seriedad por las obras de los maestros de esta escuela filosófica. En este ensayo intentaremos presentar una visión muy general del programa educativo que tiene el tradicionalismo con respecto al problema de la economía.
Por su definición y contenido, el tradicionalismo es una filosofía y una práctica cuyo enfoque se centra en la Tradición como un conjunto o estructura de valores eternos que son sostenidos por el espíritu y lo Sagrado y que se manifiestan en varias tradiciones (= religiones, en el lenguaje cotidiano) o en la cultura de un pueblo en particular. El tradicionalismo es una reacción (no en el sentido político de “reaccionario”, sino en el sentido de comprender la situación y la necesidad de pensar una alternativa) a la aparición de la Modernidad en Europa a principios del siglo XX y que duro hasta mediados del mismo siglo. Los tradicionalistas estaban convencidos de que en algún momento la historia de Europa y, en general, del mundo habían tomado un camino equivocado. Varios fenómenos históricos fueron identificados como puntos donde se realizaba una sustitución o una elección incorrecta del camino que debía seguirse: el Renacimiento y la Ilustración fueron considerados como el momento en que se eligió un paradigma antropocentrista basado en el humanismo y que llevó a una transición brusca que termino por destruir la imagen religiosa del mundo dando nacimiento a una filosofía de la naturaleza secularizada y a las ciencias positivistas; la guerra de los 30 años y la paz de Westfalia destruyeron la unidad política; y antes de que todo esto pasará, sucedió la adopción y la difusión del cristianismo, la caída de Roma, etc. Todos estos son hitos históricos nos revelan un declive progresivo de la historia. Hesíodo describió esto en forma de un cambio que nos llevaba desde la Edad de Oro a la Edad de Hierro, en los Vedanta se nos habla de los cuatro Yugas.
La doctrina que afirma la decadencia de la calidad interior de la luz sagrada de las generaciones por medio de la involución es de fundamental importancia para el tradicionalismo, así como también es importante para el mundo de la Tradición en general. La estructura general de la sociedad para los indoeuropeos, que era expresada en la pirámide de las castas (sacerdotes, guerreros, agricultores/artesanos), comenzó a desintegrarse y a “revertirse” poniendo la base arriba y la punta abajo. Ya Hesíodo exclamaba con tristeza que vivía rodeado por lo último que quedaba de la humanidad. J. Evola describió el mundo moderno como la época de la tercera casta, la burguesía (después del período de gobierno del sacerdocio y la aristocracia durante la Edad Media), prepara el advenimiento de la cuarta casta, es decir, de los proletarios y de los consumidores sin atributos.
La aparición de la Modernidad es esencialmente la negación de la Tradición y la negación de la Tradición solo puede conducir a la reestructuración de la sociedad según los principios de la Modernidad; el nacimiento de este “reino de la cantidad” surge en oposición a las cualidades expresadas por la dimensión espiritual y el desprecio ascético (monástico o militar) a la vida y en su lugar estas cualidades son reemplazados por las supuestas bendiciones de la paz y la muerte tranquila. Los ideales aristocráticos y sagrados de los Dioses, así como los ideales de sus sacerdotes, se trasladan del centro de la sociedad, que los considera la tensión existencial que los sustenta, a la periferia y estos son reducidos a simples elecciones individuales que no pueden ser impuestas al resto de la sociedad. El individuo es colocado en el centro de toda reflexión y se busca que sea “libre de” (según J. Mill) cualquiera de estas dimensiones más altas de la existencia humana, es decir, el burgués es liberado y así mismo lo son los nuevos ricos, los lacayos, los plebeyos y todos los que se adhieren a los valores de la Gran Revolución Francesa.
Uno de los rasgos característicos e integrales del origen de la Modernidad es el surgimiento y rápido ascenso de la economía. La economía (οἰκονομία) significa etimológicamente la doctrina, la ley (la ciencia y la práctica) que establece la gestión de la economía y la vida cotidiana basada en el ahorro y el aumento de los bienes. Interpretaremos esta ciencia a la luz de la estructura que esta adquiere en una sociedad tradicional.
La parte superior de la jerarquía espiritual, los sacerdotes y filósofos, son las personas menos interesadas en la posesión y la acumulación de oro y riquezas. Según la sabiduría antigua, el filósofo tiene su alma y mente llena de mucho oro en su interior y, por lo tanto, no necesita oro en su exterior para compensar la falta que le hace este oro interior. La cercanía que tiene a los dioses y a la muerte libera a las castas más altas de verse involucrada en toda clase de lujos. Sócrates llamó al cuerpo la tumba del alma, de lo que se sigue que el ostentar y decorar con riquezas esta “tumba” es signo de una multiplicación de lo perecedero y de lo que es menos importante para el filósofo. Si sucede lo contrario, entonces estamos ante el signo evidente de la degeneración de nuestra esencia y la penetración en su interior de los elementos inferiores en las realidades superiores, algo que es especialmente evidente en la historia del Renacimiento y que involucra a las dinastías de los Medici y los Borja.
El segundo estamento es la cúspide del poder social y político (es decir, los emperadores, los reyes, los príncipes, los guerreros) tiene un alma que está compuesta de diferentes proporciones de oro y plata, de ahí su ansia por los atributos que revelan el lujo real, las insignias y los trofeos. El hecho de que la vestimenta del rey sea decorada con oro y joyas no es equiparable a la codiciosa acumulación de riquezas, ya que los atributos reales – desde el cuchillo y la espada hasta las cámaras y telas de oro – son la continuación y la encarnación material de la gloria y del valor de los reyes; el brillo del oro es el brillo del poder y este brillo es una representación del sello divino que marca a los gobernantes. El oro y la joyería en este paradigma no tienen valor y poseen una existencia autónoma de los que están dotados de ellos por pertenecer al poder y a las habilidades militares, lo cual también incluye los trofeos que obtienen los guerreros. La práctica de llevar a cabo un entierro ataviado de riquezas es una de las características de la nobleza que existe desde la antigüedad y pertenece al mismo círculo de ideas. La imagen invertida de este ideal son los emperadores malditos de Roma.
Finalmente, llegamos al tercer estamento: los agricultores y los artesanos cuya vida y percepción de lo sagrado se encuentran mucho más cercanas a la tierra y están por completo privadas de cualquier valor aristocrático. En este estamento que componía las viejas sociedades indoeuropeas dominaba el principio del Non plus ultra: “no ir más allá de la justa medida”, idea que estaba regulada por el ciclo de los sacrificios anuales y el pago de diversos impuestos a las clases altas. Sin embargo, el tercer estamento es el más abierto a la realidad privada de lo ctónico y al principio de la acumulación y la producción.
En cuanto al cuarto estamento – los chandalas, los parias, los intocables – que existían en la sociedad tradicional, se trata de los representantes de un tipo puro de pobreza y privación que se manifiesta en términos espirituales y sociales.
De acuerdo con lo anterior, podemos delinear los modelos económicos de los respectivos estamentos y los que existían en la sociedad al mismo tiempo, cada uno según el nivel que es acorde a sus funciones:
Los sacerdotes y filósofos existen dentro de una economía muerta; “El hombre viene y deja este mundo con las manos vacías”; este estamento se encuentra dedicado al máximo a los principios de la trascendencia y mínimamente al materialismo;
Los gobernantes y los guerreros se dedican a la economía de la guerra y el poder; despliegan antes que nada el esplendor de la fama y el poder de los atributos propios de la riqueza; exhiben los trofeos y las recompensas;
Los agricultores y artesanos desarrollan una economía sagrada “natural”, es la economía del don y del intercambio; el sacrificio existe como un mecanismo para deshacerse del excedente (la parte maldita); la artesanía es la encarnación de las formas de la divinidad en la materia.
El surgimiento de la Modernidad está marcado por el traslado de la vida a las ciudades y la urbanización, lo que inaugura el nacimiento de un nuevo tipo de clase social, el burgués, una persona que no se dedica al cultivo de la tierra ni al servicio militar o espiritual. El burgués es un estrato compuesto de lacayos, sirvientes y “mayordomos” que irrumpieron en la historia durante la Ilustración. Y sucedió que ellos se convirtieron en el nuevo “tercer estado” del cual surgió en esencia la Europa liberal y secular. En su entorno se produjo el rápido ascenso de la figura del “comerciante”. Este tipo de “comerciante”, que surgió a partir de este nicho ontológico, no tiene sus orígenes en la jerarquía de los pueblos indoeuropeos donde simplemente no existe y se cree que penetró en el espacio mediterráneo proveniente de las zonas semitas del Medio Oriente.
La sociedad burguesa, libre del trabajo agrario y de la recaudación de impuestos realizada por la fuerza de la ley, se interesa abiertamente por lo que etimológicamente es “la doctrina de la gestión económica y la multiplicación de la propiedad”. Convertir la economía en la vanguardia de la vida social significa transformarla en una ideología burguesa que termina afectando todos los aspectos de la vida, incluida la sustitución de la política por el lucro; la economía (con toda su variedad de enfoques) acaba por convertirse en un paradigma materialista que refleja el surgimiento y el pensamiento específico de los “últimos hombres”, según la muy acertada definición que hizo de los mismos F. Nietzsche.
A esta ideología se incorpora la idea del progreso: el desarrollo lineal y el criterio cuantitativo que dice: “mientras más, mejor; siempre hacer todo más eficaz; siempre ser más exitosos”. La justificación moral del progresismo económico y la acumulación de riquezas está basada en el protestantismo y su ética cuyas ideas fueron muy bien descritas por M. Weber; “Dios señala a los elegidos para la salvación proveyéndolos con muchas riquezas durante su vida terrenal”. Aquí es donde comienza el discurso anticapitalista del tradicionalismo, ya que las teorías económicas progresistas operan con categorías anti-tradicionalistas y postulan ideales y estrategias de vida social anti-tradicionales. Además de la buscar el crecimiento ilimitado y la multiplicación de las riquezas, la naturaleza supranacional y global del capital juega un papel importante en este proceso de destrucción. El tradicionalismo en el espectro político postula el etnocentrismo y la identidad etno-cultural, etno-religiosa y la variabilidad de las relaciones económicas según la jerarquía y las funciones que cumplen los distintos estamentos en la sociedad. Mientras que el capitalismo prepara el terreno para la aparición de fenómenos como las trasnacionales y el mercado global con su división social del trabajo que obliga a los pueblos a buscar un determinado nicho en la comunidad global que no tiene nada que ver con su Logos, sino que está determinado por las necesidades establecidas por las empresas y las leyes del libre mercado global.
En este giro económico – que implica la liberación frente a los impuestos y el sacrificio del principio del Non plus ultra – la agricultura y la artesanía terminan convergiendo parcialmente con la burguesía, transformando el sector agrario, los talleres y la producción en otra cosa. Liberados de la fascinación de lo sagrado y de las jerarquías antiguas, los niveles inferiores de la sociedad terminan por desaparecer y dan lugar a un nuevo tipo [sub] antropológico del mundo Moderno: al Obrero o al Proletario, cuya ontología, subjetividad, cultura y política se derivan enteramente de la economía. La figura del proletario es desconocida para el mundo de la Tradición, pero según las características que lo definen se encuentra por debajo de los campesinos y los artesanos, siendo muy próximo a los parias y chandalas; Julius Evola vio en el proletario al tipo que representaba el cuarto poder y que reemplazaría a la sociedad burguesa. Otro tipo nuevo que ha surgido, aunque derivado de la sociedad capitalista, es el consumidor. Su imagen se encuentra muy bien descrita por las obras del filósofo posmoderno J. Baudrillard, quien lo analiza con muchos detalles en libros como América, El sistema de las objetos, Simulacro y simulaciones. El proletario y los consumidores son las dos caras de la misma moneda que surgen en el actual ciclo donde se liberan por completo las fuerzas de la producción y en donde la materia termina por convertirse en un circuito cerrado basado en los signos de Mobius, es decir, una realidad que no está subordinada a ningún propósito superior.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, hemos llegado a la conclusión de que, si consideramos la economía como la vanguardia del pensamiento y como la teoría central que explica la realidad, entonces terminamos por creer que es la dimensión fundamental que nos permite resolver los problemas sociales y políticos, mientras pensamos que estos son los indicadores verdaderos y los criterios que moldean la felicidad y el consumo, pero para los tradicionalistas todos ellos son símbolos y signos de degeneración y la inversión del orden verdadero de las cosas. Parafraseando la acertada ironía de un posmodernista como Pelevin que pertenece a la Generación P, podemos decir: “Nada delata la pertenencia de una persona a las clases más bajas de la sociedad como el interés y el mayor énfasis que presta a las cuestiones económicas como si fueran la panacea que resuelve todos los problemas”.
Las teorías y las prácticas económicas, los instrumentos y los circuitos económicos funcionan hoy día únicamente porque vivimos en el reino de la cantidad y en una sociedad invertida compuesta por degenerados. El tradicionalismo no intenta proponer una especie de elección acerca de estos temas diciendo que ” sí o no al mercado “, “economía planificada o libre”, “control estatal o mano invisible”, “protección social o seguro privado”, “enriquecimiento o establecimiento de una espiritualidad basada en la pobreza”; el tradicionalismo considera estas preguntas impuestas por el “tener” como parte de una falsa elección propia de la Modernidad y que solo son relevantes para tipos antropológicos degenerados.
Para el tradicionalismo, la cuestión de la estructura económica de la sociedad es uno de los últimos problemas en los que debe pensar y es un problema que tiene una naturaleza puramente instrumental. El tradicionalismo se preocupa antes que nada por la dimensión sagrada y más elevada del espíritu humano, la existencia auténtica del ser mismo, el sacrificio y la transmisión de las manifestaciones divinas a la sociedad y la fascinación que estos producen. El corazón de la economía tradicional y tradicionalista es la economía de la Muerte, la cual constituye nuestro punto de referencia. La muerte como sacrificio a los dioses, la muerte como un heroico sacrificio en el campo de batalla bajo los rayos de la “gloria eterna de las obras dignas” (Havamal).
Por Askr Svarte

