El gran filósofo alemán Martin Heidegger solía decir que “el lenguaje es la casa del Ser”. Con ello el “chamán de la Selva Negra” no solo quería decir que el Ser habla tanto en el lenguaje cotidiano como en la filosofía, los estados de ánimo (Stimmungen) y preocupaciones (Sorge), sino que también habitamos el mundo mediante él. El Dasein se encuentra arrojado al mundo en el cual habita (Wohnen) como si fuera una cabaña de madera construida en un área abierta. Habitar algo significa experimentar, conocer y dar a conocer todo lugar circundante, apropiárnoslo, vivir en una localidad, volvernos “nativos” y “parte de él”. Por lo tanto, habitar el mundo significa, entre otras cosas, “seleccionar” [1] las palabras adecuadas con tal de nombrar las cosas. Las palabras siempre van al encuentro de los significados y las cosas que denominamos con ellas. Según Heidegger, la única forma de existir auténticamente en el mundo la encontramos en estas palabras de Hölderlin: “el hombre poetiza lo que habita”.
Para el mundo de la Tradición – al cual el pensamiento de Heidegger le permite ver las cosas de una forma muy diferente –habitar es, antes que nada, un arquetipo, pues nombrar las cosas es siempre y en todo momento un acto sagrado. La magia de las palabras se encuentra en que los nombres abarcan y tocan la esencia de las cosas, afectando sus manifestaciones y contenido y conectándolas con todas las formas y fenómenos que conforman el cosmos. El cosmos es antes que nada el nombre – κόσμος – que los antiguos griegos daban al mundo que había sido ordenado por los dioses después de que estos triunfaran sobre los titanes en el comienzo de los tiempos.
En un mundo donde todo ha sido ordenado y nombrado podemos decir que todo lo nombrable se le ha reconocido su ser, su lugar y su relación con todo lo demás. Cuando a un ser humano se le da un nombre lo que hacemos es introducirlo dentro del mundo, haciéndolo participe de su realidad, conectándolo e identificándolo con nuestra tradición, linaje, posición, acontecimiento, etc. Cuando una persona es iniciada, se le da un nuevo nombre o se le enseñan los verdaderos nombres de las cosas. A los Dioses se los convoca y se los llama usando sus nombres, los cuales revelan y ocultan los diversos aspectos de su esencia o misteriosos mensajes que transmiten. Por otro lado, estos nombres son tan poderosos y misteriosos, que muchas veces son mantenidos en secreto o referidos por medio de eufemismos. Cada piedra, río, bosque, montaña y asentamiento que tiene un nombre tiene una identidad la cual esta asociada a una enorme constelación de seres, cosas y fuerzas. Los nombres son un mapa y una brújula sagrada que nos permite navegar en el mundo.
El centro y el eje de la existencia por medio del cual el hombre arcaico habitaba auténticamente el mundo era el mito; su pensamiento es antes que nada una forma de poesía mítica. Mythos (μῦθος) significa literalmente “relato”, “historia”, transmisión oral de una tradición o una leyenda de cómo y por qué el mundo es como es y la forma en que las divinidades lo crearon (ποίησις, poiesis). La palabra “mythopoiesis” hace referencia al lenguaje-como-historia o “contar-el-ser”, es decir, darle vida por medio de una narración (mito-poética) a las cosas o relatar por qué las cosas existen (mito-poética). El poder y la autoridad de tal discurso – al igual que los peligros que se corren al corromperlo – fue una de las grandes preocupaciones de los primeros filósofos griegos. La controversia de considerar ciertos tipos de discurso como mythos o no es algo esencial en Platón, cuyas interpretaciones y consecuencias pueden sentirse todavía en la filosofía y el lenguaje del mundo moderno.
En general, cuando invocamos un nombre dentro de un mito (o mythos), ritual o magia, estamos activando e invocando el ser de una cosa para dar a conocer su poder y significado. “En el mundo de la Tradición, el lenguaje crea, destruye, encanta y libera; es el lenguaje el que establece las leyes fundamentales del cosmos divino y en muchas ocasiones el conocimiento del lenguaje, los nombres de los dioses, los conjuros y fórmulas hacen parte de un conocimiento iniciático y divino en sí mismo” [2]. El enigma del origen, el significado o la ausencia de los nombres constituía uno de los grandes mitos y misterios iniciáticos del orden metafísico del cosmos, junto con sus poderes, dimensiones o destino.
Además, el mundo de la Tradición conocía y apreciaba lo innombrable que podía ser entendido como lo apofático, lo inefable o lo misterioso que no podía ser expresado realmente. También con ello se hacía referencia a lo omnipresente o aquello que era tan obvio que no era necesario nombrarlo pues resultaría extraño hablar de ello. Esto último fue lo que sucedió con muchas tradiciones que solo comenzaron a nombrar las cosas una vez estas fueron expulsadas de la “realidad como tal”.
La Modernidad y la Postmodernidad significaron el “desencantamiento del mundo”, pues el lenguaje, las palabras y los nombres fueron corrompidos, distorsionados, pervertidos y olvidos drásticamente, siendo el olvido del nombre de las cosas uno de los problemas más graves. Hemos olvidado los nombres arcaicos y esenciales de las cosas, mientras que los nombres que se conservan de ciertos lugares, fenómenos y cosas que todavía oímos se han convertido en algo caduco y aparentemente “arbitrario” totalmente desvinculados del contexto que les daba vida y libertad. Los nuevos nombres que han reemplazado a los antiguos nada tienen que ver con un mundo multidimensional y lleno de vida. En nuestro “mundo” de hoy el lenguaje y los nombres de las cosas son algo banal sujeto al mercado y las modas, convirtiendo la vida urbana en algo poco propicio para nosotros, pues el “mito” es normalmente relacionado con lo falso, lo equivocado o lo
“supersticioso”. Todo esto se basa en la pérdida o rechazo del modo vida y paradigma que donde el lenguaje, la vida y el mito están conectados con la tradición. El mito como “relato” o “historia”, es decir, como habitar algo que nos pertenezca, significa ser portadores de una palabra sagrada que esta “conectada” a la “tradición”. Otro nombre que podemos dar al habitar y al ser humano es ser-en-la-tradición. La palabra “tradición” proviene del latín tradere que significa entregar o transmitir una compilación de mitos donde se exponen la cosmogonía, la antropología, la ética y todo lo que nos pertenece. Uno de los sinónimos tardíos de la palabra tradición fue la palabra “religión”, que viene de religare y que significa “volver a unir” o “restablecer” nuestra conexión con el mundo superior.
En medio de este mundo de la anti-tradición conocido como la Modernidad, el cual dominó todo el siglo XX, apareció una escuela de pensadores que se autodenominó como “Tradicionalistas”, identificando precisamente el nombre de la “Tradición” con la esencia de un mundo sacral lleno de significados que debemos habitar, opuesto al desencanto y enfriamiento que se ha producido y que es llamado por algunos Sprachnot (“ausencia”, “carencia”, “angustia”, “pobreza” o “privación” del lenguaje). El hecho de que la Tradición haya vuelto a ser nombrada implicó que se produjo una “reconexión” (religare) con esa esencia primordial o perenne. Citando una vez más a Heidegger podemos decir que se trató de un “acontecimiento del Ser” (Ereignis des Seins). Por otra parte, el Tradicionalismo no solo planteo un concepto o marco meta-filosófico para pensar, sino un imperativo en sí: se trata no solo de reconstruir y “re-revelar” intelectualmente la Tradición, sino re-enlazarla y re-vivirla, “re-tradere”. Se trata de re-encantar, re-hablar y re-habitar ese mundo mágico.
Una de las premisas metafísicas de la Tradición es que lo Uno se manifiesta en lo Múltiple, por lo que la Divinidad se manifiesta en muchas Divinidades y la Tradición se manifiesta en muchas tradiciones. Por lo tanto, lo Uno y lo Múltiple, la Divinidad y las Divinidades, la Tradición y las tradiciones, tienen nombres muy parecidos, pero difieren entre sí dependiendo del lugar en el que habitan. Es por eso que uno de los acontecimientos que nos llevó del mundo de la Tradición a la Modernidad fue el hecho de que algunas tradiciones particulares se declararon como universales y comenzaran a considerar como falsas a todas las demás. Las religiones monoteístas de origen abrahámico se caracterizaron por atacar a las tradiciones del resto de los pueblos y considerarlas como propias de los “paganos” (pagan) o los “infieles” (heathen), es decir, como formas de “paganismo” o “infidelidad”. Las religiones que nacieron en el Kali-Yuga, la Edad de Hierro, entraron en guerra con las diversas tradiciones que existían desde épocas prehistóricas y les “negaron a cada una de ellas” sus propios nombres, buscando activamente destruir y suplantar cada una de estas manifestaciones de la Dividnidad. Posteriormente, los tradicionalistas han intentado conceptualizar esta ruptura y las implicaciones que ha tenido dentro de la metafísica y la historia sagrada, tratando con ello no solo de recuperar los nombres esenciales perdidos sino reconociendo que la ausencia de estos nombres ha provocado un inmenso desastre. La tarea de rescatar los nombres de esa variedad infinita de tradiciones que posee una matriz común procedente de la Tradición, la cual se extiende desde la prehistoria hasta la Antigüedad occidental tardía y la Edad Media (y en algunas regiones del mundo incluso hasta periodos muy posteriores), es uno de los mayores problemas que enfrentamos: por supuesto, no podemos reducir esto a un problema “filológico”, “historiográfico” o “voluntarista”. Nuestro objetivo es recuperar los diversos nombres a través de los cuales la Tradición se ha manifestado a lo largo y ancho de todos los pueblos que habitan en el cosmos conocido, es decir, queremos volver a las formas auténticas que inspiraron cada uno de estos ciclos. Solo así seremos capaces de nombrarnos a nosotros mismos y poder habitar de forma real la Tradición en nuestro mundo actual. Los tradicionalistas rusos han planteado de forma sistemática este problema y le han dado el nombre de Tradicionalismo Pagano.
La palabra iazychestvo, que proviene de iazyk, que significa “lengua” y se usa para referirse al lenguaje que habla el pueblo. Iazyk también hace referencia a la lengua como órgano corporal. Es un hecho que existe una importante conexión entre un pueblo y la lengua que este habla, por lo que el término ruso iazychestvo puede ser interpretado de tres formas distintas: (1) iazytsy, que significa pueblo y etnias, cf. “inoiazychnye” (“otros pueblos”), (2) la lengua que habla el pueblo en cuestión, y (3) paganismo, iazychestvo, como la tradición que es expresada por este pueblo en su lengua nativa, ancestral y original.
Cuando nos alejamos del espacio lingüístico eslavo-ruso para dirigirnos al ámbito de las lenguas europeas, descubrimos que el término iazychestvo es intraducible a estas o exige de una gran cantidad de explicaciones y notas para explicar los diversos matices que son fácilmente comprensibles para todo hablante nativo del ruso. Es por eso que es necesario “seleccionar” un término mucho más adecuado para poder designar las tradiciones mitopoéticas que existen en el espacio indoeuropeo (y en otras muchas otras partes). Nuestra propuesta consiste en abandonar el uso del sufijo “-ismo”, que convierte cualquier fenómeno religioso en una forma de dogma tal y como lo entienden las religiones abrahámicas o las ideologías modernas. Por otro lado, el termino que vamos a proponer provisionalmente para las tradiciones (indo)europeas, si bien hace parte de estas, coincide en algunos aspectos con la palabra iazychestvo, aunque también expresa otras facetas de la realidad religioso-espiritual de los pueblos.
Nuestro punto de partida será el término romano-cristiano usado para designar lo “pagano”: la palabra latina paganus significa “rural”, “aldeano”, y proviene del lexema pagus que se usa para hablar de un distrito rural, el campo o las afueras de un asentamiento. La ciudad, urbs, era donde vivía la aristocracia, se encontraba la iglesia y el obispo. En la ciudad también se practicaba el comercio el cual daría nacimiento a la burguesía. En este sentido, la ciudad y lo urbanus se contraponían a la “oscuridad y la ignorancia rural” donde siguió existiendo de forma casi ininterrumpida el religae paganorum. Es por eso que consideramos la expresión “religiones precristianas” como un concepto invalido y que implícitamente hace referencia a un juicio moral de carácter progresista donde lo “pagano=rural=arcaico” se contrapone a lo “cristiano=urbano=superior”. Estas ideas se encuentran de forma omnipresente en los apologistas y críticos cristianos de todas las tradiciones populares que siempre acusan a los campesinos de seguir costumbres oscuras propias de sus antepasados. La palabra inglesa “heathen” (alemán Heiden, nórdico antiguo Heiðr), que proviene del proto-germánico *haiduz, es una prueba de ello, pues significa tierra vacía, sin cultivar, y designa las “tierras y las religiones de los bárbaros”, los “Reinos de los Infieles” (“Heathendom”).
El latín paganus/paganismus fue heredado por las lenguas europeas y de él proviene el inglés moderno “pagans” y “paganism”, utilizado de forma ubicua tanto en el lenguaje cotidiano como en el académico. Sin embargo, si partimos del punto de vista tradicionalista de la historia, términos como “paganismo” (paganism) y “infieles” (heathenism) o “pueblo de infieles” (heathenry), poseen un sentido etimológico positivo y autentico que puede ser restaurado. La Tradición no tiene nada que ver con la conservación de las cenizas, sino que ella designa el fuego vivo que sigue ardiendo hasta el día de hoy. Es por eso que para deshacernos del sufijo “-ismo” que las religiones abrahámicas usan de forma polémica, sin hablar de las alternativas modernas “hedonistas”, “ateas” e “ideológicas”, creemos que es necesario recurrir a otro termino. Por ello usaremos el sufijo “-dad” (“-dom”) que es usado para hablar de cualidades, estados, administraciones “jurídicas” (“dominio”) y realidades superiores. Desde una dimensión lingüística este sufijo implica hablar de una “Paganidad” (“Pagan-dom”) que tiene un significado muy parecido a la palabra rusa iazyche-stvo. En las lenguas germánicas este sufijo proviene de la raíz protogermánica *-dōmaz, que significa una sentencia o decisión tomada por una autoridad judicial. La raíz indoeuropea *dem– también hace referencia a “hogar”, “casa” o “domestico”, significando que la unidad básica o lugar para emitir un “juicio” o “decisión” es la “vivienda” familiar, clánica, tribal, local, etc…
La Paganidad es el iazychestvo, la forma holística del “paganismo” como algo general y común para los pueblos que se encuentran bajo su dominio y jurisdicción espiritual o natural (orden, disposición). El sufijo “-dad” restablece este sentido de orden y jerarquía, pues se basa en la metafísica manifestacionista que habla de un mundo ordenado y nombrado (cosmos) tal y como lo entendían en la Antigüedad: una ecúmene sacralizada en la que predominaban toda clase de formas paganas. Por otra parte, es posible hablar de un dominio mucho mayor y de un orden mundial mucho más amplio en el que encontramos todas las diversas espiritualidades y prácticas que conforman una constelación de tradiciones paganas, estamentos, cultos, etc., pueden llegar a unificarse. En ese sentido, podemos hablar de una realidad mucho más amplia y abarcadora que aquello que ha dado a entender el sufijo “-ismo”. La Paganidad, como todo lo que existe en el mundo de la Tradición, es el espacio y la forma de Ser que se conecta a un paradigma de lo sagrado, una episteme mitopoética primordial e indestructible expresada por el lenguaje y el poder. El término “Paganidad” también refleja una atracción intrínseca del paganismo hacia lo arcaico, lo agrícola, el pastoreo, la caza, etc., que nada tiene que ver con la vida urbana de la burguesía o las aspiraciones de la “Ilustración” y el progreso.
El término Paganidad es productivo, pro-visional y refleja la esencia del paganismo en un punto clave de nuestro tiempo: el reino o zona hegemónica del paganismo, tan diverso y hermoso, ha ido retrocediendo constantemente (especialmente en Occidente) hasta ser marginado por las religiones abrahámicas. Esto último se aplica tanto al folclor que dominaba en las campiñas de la Edad Media como a las tradiciones vivas del mismo durante la Modernidad Temprana, pasando por los susurros secretos y las aspiraciones idiosincrásicas de los grupos esotéricos, ocultistas y “neopaganos” modernos que ahora se encuentran dispersos al interior de la Postmodernidad. Esto nos recuerda no solo que el cosmos ha entrado en la fase del Kali-Yuga, sino también la situación en la que viven los tradicionalistas y paganos contemporáneos que – como muy bien nos recuerdan las leyendas paganas que existían en la Edad Media – han sufrido un repliegue y ocultación de sus señores y reinos, pues sus moradas, jurisdicciones y hábitats han desaparecido. La Paganidad nos recuerda la importancia de la perdida y ocultamiento de los centros sagrados en medio del ciclo cósmico en que vivimos, así como la realidad sagrada que sigue operando y que puede ser restaurada. En este sentido, el término Paganidad es un “diagnóstico” y un “imperativo” que hace referencia a la geografía sagrada propia de las tradiciones paganas que sobreviven actualmente y a favor de las cuales es necesario tomar la decisión (juicio) de defender.
Finalmente (o más bien empezando), todas las reflexiones anteriores nos llevan a plantear la necesidad de volver a la antigua ortografía inglesa con la intención de agregar al sufijo “-dom” la letra “e”, que se usaba para hablar de “dome” (cúpula) o templo (resulta interesante que en ruso “dom” significa casa). Por lo que la “Paganidad” (Pagandom) puede ser entendida como una “Paganosfera” (Pagandome), es decir, el hogar de los paganos que es precisamente nuestro hogar y nuestro “círculo” donde recordamos los mitos propios de nuestra lengua nativa y los ciclos naturales a los que está conectado. Habitamos en y por la Paganidad que habita en nosotros, un todo abierto que nos envuelve y da sentido a nuestra patria en un momento donde parece que ya no tenemos un lugar donde existir. Dándole un nombre podemos finalmente volver a él.
Por Evgeny Nechkasov (Askr Svarte) y Jafe Arnold
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Notas:
[1] En la versión rusa de este ensayo se usa la palabra “podbor”, proveniente del verbo “podbirat’” que se usa para designar algo que se recoge del suelo, del campo, reunir cosas y que está relacionado con el “sobor” (“reunión”, “asamblea”). “Seleccionar”, a pesar de las connotaciones arbitrarias que tiene actualmente, proviene de la raíz lego que también significa “reunir”. Por lo que ambos casos, y de forma etimológica en el español, podemos escuchar los ecos del Logos en estas palabras.
[2] Askr Svarte, Polemos: The Dawn of Pagan Traditionalism (PRAV Publishing, 2020), 357.

