La fábula clásica del mito de Edipo habla de la inutilidad de la osadía humana para vencer la voluntad de las Deidades y la fatalidad del destino [1].
El oráculo predice al rey de Tebas, Layo, que será asesinado por la mano de su hijo, nacido de Yocasta. Para escapar a su destino, entrega a su hijo para que lo maten, pero un esclavo que era pastor lo entrega al palacio de Corinto, donde se cría. Al crecer, se le revela una profecía según la cual Edipo matará a su padre y tomará a su madre como esposa. Sin saber que Pólibo no es su verdadero padre, abandona Corinto en dirección a Tebas. En el camino, se encuentra con un anciano en un carro, al que mata en el transcurso de una discusión.
Al llegar a Tebas, vence al monstruo de la Esfinge y se convierte en rey de la ciudad, tomando como esposa a la viuda del anterior rey desaparecido.
La tragedia de Sófocles se abre con la escena de una petición del pueblo y de los sacerdotes de Zeus a Edipo, pidiéndole que descubra la causa de la cólera de los olímpicos y de la peste que ha asolado la ciudad. Creonte, que ha regresado del oráculo de Delfos, informa al rey de que Apolo ha traído una peste sobre la ciudad y exige que se castigue al asesino del rey anterior, Layo. Edipo sale en busca del asesino y descubre que no es otro que él mismo, que había matado a su padre en el camino quince años antes y que ahora Yocasta es su esposa y madre de sus hijos. El terror, el dolor y la vergüenza aplastan a Edipo. Yocasta se suicida y el rey se arranca los ojos. Sólo su hija Antígona permanece fiel a su padre. Edipo, indigno de la muerte, se vuelve un vagabundo y muere en el templo de las iracundas Erinias, los espíritus de la venganza.
Así se cumple la profecía de Layo y Edipo, siendo este último el artífice de todo: quien huye del destino realmente corre directo hacia él.
En primer lugar, debemos descartar todas las interpretaciones psicoanalíticas freudianas y deleuzianas de la tragedia de Edipo en la cultura.
La generación o la Edad de los héroes en Hesíodo es el último destello de manifestación divina en el rumbo de los pueblos: Aquiles y Odiseo, cuyo linaje a través de sus abuelos se remonta a Zeus; Perseo y Heracles, hijos directos del portador del rayo; Teseo, hijo de Poseidón. Existen héroes similares en la mitología germano-escandinava, donde los más famosos de los konungs trazaban sus genealogías hasta el Padre de Todo Wotan. Lo mismo se aplica al príncipe Arjuna y su auriga Krishna. Después de la generación de los héroes viene el linaje de hierro de los hombres, que cierra la jerarquía de los metales del alma humana y la lleva hasta su punto más bajo.
Es posible recordar historias similares sobre la creación de los hombres por parte de Prometeo que los moldeó a partir de la arcilla, pero estos constantemente se resquebrajaban y destruían hasta que Zeus o Atenea, según en otra versión, les regaló una partícula de la luz y la mente Divinas. En la naturaleza de un ser humano puramente material, encontramos tanto la arcilla (no metálico, hipoctonico) como la chispa sagrada del padre del Olimpo. Sin ella, la humanidad simplemente se desintegraría en fragmentos.
Edipo se sitúa en el lado opuesto de Heracles, que con su audacia y hazañas supera positivamente las limitaciones de la naturaleza humana en favor de su mitad divina, es decir, del principio paterno. Heracles regresa al Olimpo, mientras que su sombra se precipita al Hades como un resto submaterial. Incluso Heracles libera al enemigo de Dios y la antípoda de todo el orden sagrado, el titán Prometeo.
Edipo también derrota al monstruo, liberando de sus encantos y poder a Tebas. En el futuro, volverá a liberar a la ciudad, pero esta vez será de sí mismo. Cuanto más nos hundimos en la densidad del tiempo, en la historia, y nos movemos por la corriente del Untergang, más incapaces nos volvemos de resistir esta condena escatológica. Nuestra humanidad es la humanidad de Edipo, rota y cegada dos veces: por la ignorancia y la oposición al destino preparado para nosotros y por el hecho de que nos hemos cegado literalmente a nosotros mismos cuando vemos que se está cumpliendo nuestro destino.
Las interpretaciones de Sigmund Freud y Gilles Deleuze y Félix Guattari no son más que un eco lejano, pero muy original y jesuítico, de la tragedia de Edipo. Donde toda la culpa recae sobre la figura paterna, ya sea Layo o Zeus, es decir, el principio divino y sagrado que sostiene la jerarquía y el orden del cosmos.
Edipo sigue siendo un héroe de la antigüedad clásica. Vivió al menos una tragedia, sufrió un terrible dolor al estrellarse contra las rocas, lo cual lo convirtió en uno de los principales arquetipos, y, sin embargo, inscribió su nombre en la larga memoria de nuestra humanidad.
Según la leyenda, cuando el alma de Odiseo volvió a elegir su vida en la tierra, escogió el destino de un hombre sencillo, alejado de los negocios, porque en su vida anterior había experimentado a fondo el juego de las Deidades. Pero incluso la vida de un simple pastor se ve a veces envuelta en los acontecimientos divinos, como la de Eumeo, el porquero que ayudó a Odiseo a deshacerse de los pretendientes de su esposa, o la del pastor que entregó a Edipo a Pólibo y, años más tarde, le reveló la verdad sobre sus orígenes.
Pero el hombre moderno no tiene nada de eso, es solamente vulgar e inútil.
Ni siquiera lo intenta, porque ha olvidado que lo necesita.
Por Evgueni Nejasov
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Notas:
[1] Ver Edipo Rey de Sófocles.

