Tres metáforas | III

A pesar de la evidente y significativa degradación del lenguaje y el pensamiento, disueltos por la prosaisación de la vida y la [post]modernidad, podemos decir que lenguaje cotidiano aún conserva su estructura metafórica y la diversa riqueza de sus tropos [1], siendo estos los últimos vestigios del sublime pensamiento poético del ser-en-el-mundo. Las imágenes metafóricas siguen siendo importantes y tienen la capacidad de sumergirnos y explicar las problemáticas del camino que hemos seguido en nuestras vidas.

La primera metáfora, la solar, está relacionada con la identificación clásica en la cultura europea y no europea del sol con la Deidad, siendo este astro supremo en el firmamento. El recorrido del sol por el cielo, expresado en su conocido simbolismo tradicional, actúa como clave para describir no sólo el año, el ciclo estacional, sino también la vida humana, sus etapas y transiciones iniciáticas. La metáfora del recorrido anual del sol describe la creación, formación, marchitamiento y muerte de todo el universo, de toda la tradición metafísica y de cada cosa en el mundo iluminado por la luna. Lo fundamental en esta metáfora es nuestra actitud ante el eterno e inevitable movimiento del sol por el cielo hasta su ocaso, su muerte. Hoy vivimos en medio de la noche metafísica (cf. el Fimbulvetr germano-escandinavo, el Gran Invierno), en la que el sol-tradición lleva mucho tiempo ausente del firmamento y tenemos que esperar su regreso.

Existen dos actitudes ante este hecho. La mayoría de los reaccionarios, conservadores, tradicionalistas y partidarios de la reconstrucción de las antiguas tradiciones preabrahámicas sólo reconocen el sol triunfante que brilla en el cielo del mediodía. Y tratan por todos los medios de apartar la mirada y soportar los momentos de su ocaso invernal y de su ausencia. En el límite, esto les lleva a una situación patológica de negación directa de la medianoche y de afirmación psicodélica en su discurso de la presencia real del sol-tradición, cuando, de hecho, ya no está ahí. En sus variedades más marginales e inadecuadas, el verdadero Ojo Divino es sustituido por su análogo tecnológico: una bombilla, una pantalla u otro sucedáneo en forma de artilugio electrónico o en la insistencia persistente en un ideologema creado artificialmente. Se sugiere que la incoherencia entre la insistencia propuesta en creer que «la tradición está viva y es inmutable» y el hecho de que el mundo hace tiempo que se ha degradado de farcto está envuelta en la retórica y el patetismo de la hiperstición: la insistencia en que si uno cree en algo con extrema fuerza ese algo se hará realidad.

Trasladando esta metáfora a la tradición y la cultura, vemos un pensamiento y un sistema de valores muy rígidos. Reconociendo sólo ciertos aspectos de las formas tradicionales como verdaderos; una comprensión fragmentada e ideológicamente condicionada de la mitopoética o una incomprensión total del lenguaje de la poesía a partir del cual se teje el universo. A menudo con una preferencia explícita por los argumentos procedentes del mundo de los números, la física, las matemáticas y la biología, es decir, del reino de la cantidad (R. Guénon) y del pensamiento calculador (M. Heidegger).

El otro camino ofrece una lealtad inquebrantable al sol – Dios y la tradición –, lo que significa seguirlo hasta el eclipse, la ocultación y la muerte. Significa reconocer lo elementalmente obvio: la fatalidad, el destino y la escatología que forman parte de la misma tradición. La auténtica solaridad consiste no sólo y no tanto en cantar un único aspecto del Sol Invictus, sino en compartir por completo su destino, incluido su destino trágico. Y esto significa un ajuste inevitable de toda la mitopoética y la metafísica: ya no se puede celebrar a la luz del día el culto a ninguna Deidad tal y como se hacía en la antigüedad. Es imposible entonar cantos que no me dictan ni palabras sagradas; como si por una simple voluntad la ejecución del hosanna en la gloria, en lugar de un lamento bucólico, anulara la muerte [del sol] y devolviera todo a la normalidad. El cambio de la mitopoética es el cambio de la narración mitológica con la conservación de la estructura y su núcleo.

El Zaratustra de Friedrich Nietzsche proclama: «El dolor es también alegría, la condenación es también bendición, la noche es también sol, ¡vete! o aprenderás: el sabio es lo mismo que el loco» [2].

Las palabras de Zaratustra son retomadas por Georges Bataille, al afirmar que «la noche es también el sol, la ausencia de mito es el mito: el más frío, el más puro, el único mito verdadero» [3].

El poeta y ensayista francés Paul Valéry, comentando el verso de Victor Hugo «Un affreux soleil noir d’ou rayonne la nuit», señala que «inaccesible a la imaginación, este negativo es bello» [4].

Por último, Mijail Epshtein propone el neologismo solnoche, combinación de sol y medianoche, que significa el resplandor de la penumbra y el brillo de la oscuridad.

Para el poeta, filósofo y místico, el tropo y la aporía de la solnoche son comprensibles, incluso a pesar del horror de esta revelación. La esbozada metafórico del sol reclama una honestidad traumática que despeje las ruinas del templo y libere de ilusiones. Llama a reflexionar sobre la situación de abandono de Dios y plantea la tarea de preservar la memoria y soportar su peso, allí donde otros reconstruyen quimeras e imponen agresivamente a los demás simulacros de tradición o bajando las manos del todo, olvidando finalmente que alguna vez hubo una luz sagrada del sol. Evidentemente, es una iniciación existencial pasar entre Escila y Caribdis preservándose a uno mismo.

El problema del cambio mitopoética y la conmemoración nos lleva a lo más importante: el problema de la fuente, descrito por la metáfora del río. En esta metáfora la tradición sería un ancho cauce en cuyas orillas se asientan los pueblos, formando cada uno sus culturas y cultos sagrados. El movimiento histórico es el movimiento de las aguas abajo del río, que puede coordinarse con la idea de Oswald Spengler sobre el desarrollo de la cultura de los pueblos, que pasa al enfriamiento, la decadencia y la extinción en las últimas etapas de la Civilización. La tradición se vuelve superficial, se ensucia con sedimentos hipoctónicos y finalmente muere. Debemos subir hasta la máxima altura donde el agua es más clara e incluso más allá, hasta llegar al mismo lugar donde las primeras gotas de agua nacen hasta fundirse en pequeños arroyos que emergen a través de las grietas y los poros de las rocas.

La complicación a gran escala del patrón de la tradición y la cultura estará sin duda aguas abajo del río-historia, pero eso ya no nos interesa tanto. Nuestra tarea no es sólo rastrear la fuente, sino dar testimonio de ella en la confluencia de la nada y del ser. Atestiguarlo como un altar en el que el ser crece a partir de la nada-existencia. ¿Cómo y por qué surge algo de la nada? A menudo, este conocimiento sólo está [in]disponible para nosotros en la narrativa retrospectiva del mythos. Cuando, habiéndonos narrado una historia larga el relato vuelve a repetirse en un lugar inesperado, lanzando sucintamente las palabras más importantes sobre su propio origen, como si retomara una vez más el hilo argumental de la saga o el mito que se está contando. Y no siempre la producción de ser [algo] a partir de la Nada coincide con la cosmogonía y la mitología; pero esta problemática es el núcleo mismo de la mitopoética y anterior a la aparición de la mitopoética como tal.

En cierto modo es similar a la metáfora de la semilla, que contiene en potencia todo un bosque futuro [5]. Nos interesa el surgimiento mismo de la ur-semilla, la fuente profunda, la «humedad» o «chispa» primaria (que fue el primero de los elementos que siempre se explica post facto desde el ser y el discurso existentes) de la Nada. El resto son ya preocupaciones y tareas para los que vengan detrás río abajo.

La tercera metáfora, a la que no recurrimos por primera vez, es la comparación de dos llamas de la tradición o dos formas de encender el fuego.

La tradición de la Edad de Oro convencionalmente se identifica con el fuego, una llama violenta y fuerte que puede secar y quemar la madera más viva y húmeda. Por lo tanto, si trasladamos al hombre moderno al mundo tradicional todo el ser lo envolverá y le otorgará un lugar particular [6] en el ser-en-el-mundo mitológico. Este es el primer tipo de llama que podemos prender, la cual consiste en la adhesión completa al fuego brillante ya dado. Es la comunión con todo a nuestro alrededor. Esta comunión alrededor de la llama puede explicarse por la iniciación divina, por ejemplo, como la concesión espontánea de la visión completa a un atman accidental por Shiva en el hinduismo o, en una versión posterior de menor importancia, como un «despertar de la sangre» en descendientes lejanos, si uno de los antepasados era miembro de la aristocracia o del sacerdocio; algo parecido a la forma en que el movimiento en un extremo de una cuerda muy larga puede causar una sacudida repentina en el extremo opuesto.

La otra forma de encender el fuego interior procede de un sentimiento de no identidad total y es una chispa que se enciende en el centro de un hielo infinito y espeso. No tiene nada que ver con el fuego o la luz, se inicia por pura arbitrariedad y se enciende desde la nada, es decir, en negación con su entorno. Es un fuego más radical y cabe preguntarse si podemos hablar de que el fuego de la plenitud sagrada y el fuego de lo sagrado nacido de su ausencia son idénticos. Este problema nos remite a la «cuestión maldita en el pensamiento europeo» del Otro, el Principio, el Mito. También nos remite a la muerte y el renacimiento del sol en las profundidades de la noche invernal.

Nuestro interlocutor Heráclito el Oscuro enseñaba que cuando cae la noche el hombre enciende un fuego. El fuego del altar de los sacrificios se hace con troncos adecuadamente seleccionados y secos. Se atribuye a Aristóteles el haber generalizado el concepto de hyle, leña, como categoría misma de la materia en el pensamiento occidental. Además, el mito germano-escandinavo subraya especialmente la imagen indoeuropea del hombre como árbol cuando en el relato de la creación por las divinidades de los primeros humanos, esposa y esposo, nacen de un fresno y un olmo.

Entonces, encender un fuego en nuestra época es un acto de recuerdo ritual de la llama solar. Y la mejor leña es el hombre mismo (destrucción del espíritu y sacrificio) o todo el ser en sí (destrucción literal del mundo como parte maldita) [7].

Por Evgeny Nechkasov

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Notas:

[1] Véase Lakoff J., Metáforas por las que vivimos.

[2] Véase Nietzsche F., Así habló Zaratustra.

[3] Véase Bataille J., La experiencia interior.

[4] Francés: «Un terrible sol negro que irradia en la noche». Véase: Valéry P. «Sobre el arte», cursiva del autor.

[5] La imagen del árbol y la metáfora del bosque de la tradición son claves y se contraponen a la imagen creacionista del desierto descritas por Mircea Eliade y Friedrich Nietzsche.

[6] No se trata de que este lugar sea elevado y elitista; puede ser un lugar de excesos sacrificiales. Pero, sin embargo, también es intrasacral.

[7] Véase Nejasov E., Tradición y shock futuro. Imágenes de no nuestro futuro.