Askr Svarte: Contra la tecnología y el capital

Basado en el primer capítulo del libro La identidad pagana en el siglo XXI

Hoy vamos a profundizar en la crítica contra el sistema capitalista mundial a partir de doctrinas económico-políticas y filosóficas que cuestionan el progreso científico y tecnológico, además del desarrollo urbano de la civilización.

Es un hecho reconocido que el capitalismo se desarrolló y triunfó gracias a la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX. Este proceso supuso una transformación y transición cualitativa del trabajo artesano y gremial al mundo de las fábricas y las manufacturas. Uno de los hitos y símbolos más significativos del desarrollo tecnológico del capitalismo, y que sin lugar a dudas tuvo un gran impacto en la Modernidad, fue la aparición de la cinta transportadora introducida en el trabajo de las fábricas por Henry Ford (1863-1947). La instauración de las cadenas de montaje llevó al abaratamiento, aceleración y ampliación de toda una gama de productos industriales. Ford también es conocido por haber introducido el crédito entre sus propios trabajadores para que de ese modo pudieran comprar los coches que ellos hacían y de ese modo aumentar su consumo.

Muchos de los críticos del capitalismo, como el filósofo francés Jean Baudrillard (1929-2007), consideran que su éxito y difusión se debió al desarrollo tecnológico, el cual va desde las máquinas industriales y sistemas logísticos hasta la aparición de formas de intercambio virtual y consumo de signos. No obstante, si queremos comprender lo esencial de esta crítica y de los argumentos esgrimidos contra el capitalismo, debemos estudiar la concepción de la economía del pensamiento conservador y de derecha del siglo XX.

El filósofo tradicionalista Julius Evola (1898-1974) sostiene que el mundo moderno, es decir, el mundo tal y como existe hoy en día, es el resultado de una inversión y un proceso de degeneración de los principios tradicionales, lo cual ha conducido a la degradación de la vida y el orden de las cosas. Vivimos un proceso de decadencia generalizada y la actual simbiosis entre el capitalismo y el avance tecnológico no es otra cosa que la encarnación de esta decadencia que es caracterizada por la revuelta de las clases bajas y la imposición del orden socioeconómico. Evola consideraba que el mundo moderno era una revuelta de las clases burguesas y proletarias que no contaban con ninguna idea de la sacralidad y que solamente pensaban en los beneficios económicos o el trabajo productivo. Tales ideas sin duda se hacen eco de las críticas que hizo en su momento Werner Sombart (1863-1941) a la sociedad burguesa.

El filósofo alemán Oswald Spengler (1880 – 1936), después de hacer un análisis de una gran cantidad de pueblos de todo el mundo, llegó a la conclusión de que el espíritu y la cultura de las naciones perece cuando estas se convierten en civilizaciones. Spengler consideraba que la metafísica es el estadio superior que puede alcanzar toda cultura y es el momento cuando florece el principio mítico-simbólico (arcaico) que todo pueblo tiene en su interior. En la medida en que la civilización se hace más compleja, comienza a predominar el arquetipo fáustico del ingeniero y la cultura empieza a osificarse, lo que conlleva la aparición de formas mecánicas, estáticas y estériles de vida (una especie de enfriamiento inercial del movimiento). Por lo tanto, una vez que las culturas y los pueblos alcanzan el estado de la civilización no les espera otra cosa que la muerte y la decadencia.

Friedrich Georg Jünger (1889-1977), conocido representante de la “revolución conservadora”, estudio la tecnología desde la mitología griega y llegó a la conclusión que la tecnología nacía a partir de un principio titánico. Jünger incluso llegó a decir que las fabricas industriales y los proyectos tecnológicos que se alza sobre el paisaje son la ropa que usan los titanes, ya que el crujido de las máquinas es música para sus oídos. F. G. Jünger posteriormente escribió en su libro sobre Los mitos griegos que los titanes son los enemigos y antagonistas por excelencia de los dioses, siendo el principal objetivo de los titanes la lucha contra toda forma de orden sagrado (el arquetipo de Fausto puede ser considerado como titánico). De allí que Jünger llegará a la conclusión que la lucha entre los dioses y los titanes – a la Titanomaquia – es el conflicto alrededor del cual gira toda la historia de la humanidad.

El hermano mayor de Friedrich Georg, el gran escritor y filósofo alemán Ernst Jünger (1895-1998), llegó a conclusiones parecidas. En sus últimos escritos, especialmente en su libro La emboscadura, Ernst Jünger describió el siglo XX como un proceso mediante el cual el hombre terminaba por convertirse gradualmente en un rehén de la tecnología. El ejemplo más claro de este proceso era el Titanic, una maravilla de la ingeniería humana que, mientras era capaz de moverse, hacia que la gente pudiera deleitarse en la cubierta o disfrutar tranquilamente del viaje en los camarotes, rodeados por el paisaje oceánico. Pero cuando el barco se hundió todos los pasajeros se convirtieron en rehenes de esta máquina a la que confiaron sus vidas. En otras palabras, la tecnología no hace otra cosa sino secuestra la vida humana por medio de la comodidad, el consumo y la posibilidad de acceder a sus productos, y todo eso culmina en el hecho de que nuestro bienestar individual y social acaba por están vinculado al funcionamiento y desarrollo de los inventos tecnológicos.

Y es aquí donde llegamos al meollo filosófico que los críticos del progreso tecnológico siempre atacan: el problema radica en que los fundamentos mismos de la existencia humana terminan por ligarse a la tecnología alimentada por el desarrollo capitalista.

Tal problema fue estudiado detalladamente por Martin Heidegger (1889-1976). Heidegger explica que la esencia de la tecnología ha cambiado radicalmente a lo largo de la historia. La palabra técnica proviene del griego τέχνη y era usada originalmente para referirse a actividades como la poesía y la artesanía. En ese sentid, hacía referencia a objetos individuales y artísticos que no tenía nada que ver con la banda transportadora de la era industrial. Sin embargo, la tecnología moderna ha degenerado y perdido su esencia original hasta convertirse en una parodia perversa de la misma, volviéndose la Gestell o Dispositivo. Heidegger denomina Gestell al poder y al consumo que la tecnología ha terminado por imponer sobre el hombre, los pueblos y la naturaleza. Lo más importante aquí tiene que ver con el cambio que ha producido en la forma en que el hombre ve el mundo: anteriormente, el hombre veía en la naturaleza todo aquello que era bello, siendo el medio ambiente un lugar donde se desarrollaban nuestros sentimientos románticos y un reflejo de lo sagrado donde cada pueblo y cultura existía. Pero ahora los seres humanos solo ven en la naturaleza una fuente para extraer recursos y materias primas con tal de crear mercancías. La naturaleza deja de ser un espacio pacifico y es reducida a un objeto que puede ser explotado.

Heidegger ilustra esta metamorfosis de la idea de naturaleza usando un ejemplo muy conocido: el Rin (uno de los ríos más importantes de Alemania, rodeado de grandes leyendas y conocido por haber presenciado las luchas donde de los celtas, los romanos y, posteriormente, los franceses contra los alemanes) fue transformado completamente por la técnica. Si una vez el Rin pudo ser considerado la fuente de inspiración de los himnos de Hölderlin, uno de los poetas favoritos de Heidegger, ahora su flujo es alterado por la construcción de una central hidroeléctrica que cambia no sólo el paisaje sino también la esencia misma del río: deja de ser el río que es mencionado en el Cantar de los Nibelungos o la frontera occidental manchada por la sangre de los alemanes y los celtas/franceses para transformarse en un simple apéndice de una central eléctrica. Esta construcción se incrustó dentro de este río y lo transformó: el Rin es de ahora en adelante un motor, un elemento al servicio de la ingeniería que solo es útil para mover y hacer girar las turbinas que producen energía, por lo que ahora no es más que “trabajo”. La construcción de esta central hidroeléctrica transforma la esencia del Rin y lo hace pasar de ser un lugar de fantasias a convertirse en un simple trabajador. La antítesis de la central hidroeléctrica sería el puente, el cual conecta las dos orillas, siendo una especie de “coronación” del río. Por supuesto, el puente no transforma de un modo negativo la esencia del mismo.

Podemos extender el ejemplo del Rin al resto de la naturaleza, siendo el hombre una parte de ella. Para la tecnología la tierra se convierte en un depósito de minerales que puede ser extraído y utilizado por la industria; los ríos, los vientos, las mareas y los océanos deben convertirse en trabajadores que produzcan energía; los bosques tienen que suministrar materiales, mientras el mundo animal y el vegetal nos proporcionan alimentos; en caso de que la tierra no tenga nada que ofrecer, puede ser utilizada (=convertida) como lugar de almacenamiento o vertedero de residuos. Incluso los seres humanos y los pueblos son considerados y clasificados según estándares económicos que miden su “fuerza” de trabajo, los precios y servicios que pueden proporcionar.

Otra de las consecuencias y críticas que se han hecho en contra de la expansión transnacional del capitalismo y la división global del trabajo que implica, tiene que ver con la estandarización de las normas, parámetros, algoritmos y ritmos de producción y logística. En otras palabras, la simbiosis entre el capitalismo y la tecnología es el motor por excelencia de la globalización y el aplanamiento de todas las culturas y valores que existen en el mundo. Las diferencias entre los pueblos, las identidades tradicionales, los valores, la estética, la cultura, la lengua, etc., son destruidos o deformados por esta única matriz pos-burguesa que nos impone unos mismos valores, un único estilo de vida al interior de estas megalópolis de cristal y hormigón, unas normas de servicio y atención estándar, y los mismos menús o normas de producción basadas en la ISO (1). Todo esto se aplica no sólo a los países que han sido víctimas de la expansión del colonialismo, sino también a la misma Europa: la unificación de las normas y la revolución de los estilos han dejado una profunda y creciente herida en la cultura, la estética y los valores del Viejo Mundo.

Alain de Benoist (nacido en 1943), famoso ideólogo francés de la Nueva Derecha, ha sido un acérrimo crítico del progreso y de las teorías económicas de los siglos XX y XXI. En su libro Objetivo: decrecimiento. Por una ecología integral, Alain de Benoist vincula la producción y explotación excesivas de los recursos naturales al hiper-consumo de bienes y servicios por parte de la población. Se trata de dos procesos interdependientes: el uno estimula al otro y por eso podemos hablar de un proceso monótono de acumulación. Este proceso de acumulación lo vemos encarnado en los indicadores de crecimiento que aparecen en los gráficos económicos. Estos procesos monótonos son una expresión idealista de aspiraciones relacionadas con el crecimiento y la expansión constante, firme, irrestricta e irreversible del progreso.

El biólogo Gregory Bateson (1904-1980), que estudio mucho los procesos monótonos, señaló que estos son mortales para la vida y que conducen a la muerte de los sistemas y los seres vivos. Por ejemplo, el aumento constante de la presión del vapor en la caldera de una locomotora terminará por provocar el desequilibrio de todos los mecanismos y acabará provocando una explosión; además, el aumento de la frecuencia de la vibración dentro de la estructura provocará una serie de resonancias destructivas. Por lo tanto, el sistema capitalista necesita de “válvulas que le permitan regular el vapor” – como las crisis económicas cíclicas o las guerras y expansiones planetarias – con tal de introducir estos excedentes de la producción en nuevos mercados y pueblos que a su vez se convertirán en nuevos consumidores.

Es a partir de este razonamiento que Alain de Benoit sostiene, basándose en las estadísticas que nos ha dado el siglo XX, que el creciente consumo y explotación de los recursos del planeta conducirá de forma inevitable e irreversible a una crisis no sólo ecológica, sino también sociopolítica. El problema no sólo radica en que el planeta tiene límites, recursos finitos y mercados que aún no han sido abiertos, sino que también la inercia de la producción y el progreso, por su misma naturaleza, no conoce frenos o medios para detenerse: es por eso que todo ello conllevará a una crisis sistemática. Alain de Benoist dice que la industria actual requeriría de siete planetas como la tierra si quiere mantener el crecimiento del consumo en términos de población y desarrollo previstos para los países en desarrollo.

El pensador finlandés Kaarlo Pentti Linkola (nacido en 1932) es sin duda el crítico más consecuente del consumismo de la civilización moderna, especialmente por su énfasis en el problema del consumo y la destrucción ecológica. Linkola es conocido por sus ataques al excesivo crecimiento de la población mundial, al cual agrega otro problema que Alain de Benoist identifica como la necesidad de cambiar la consciencia de la población. Es un imperativo político reducir tanto la explotación de los recursos naturales como el consumo. Sin embargo, Linkola reconoce que cualquier intento de poner en práctica semejante programa llevará a un levantamiento de la población o al ataque de otro Estado.

Esto último debemos tenerlo en cuenta, especialmente al analizar la brecha que existe entre los ingresos y el consumo de los países desarrollados del Norte y los países en desarrollo/pobres del Sur: existe una especie de matiz implícito que va más allá del desequilibrio económico. El problema radica en que los países pobres del Sur, a pesar de su desastrosa situación, quieren tener un nivel de ingresos y consumo equivalente al de los países ricos del Norte. Por lo que podemos concluir que ninguna de las “fuerzas” dentro de estos países crítica o quiere cambiar el statu quo del Sistema mundial (exceptuando, por supuesto, a los islamistas radicales, pero lo que ellos pretenden es corregir la distribución de mercancías y el volumen de consumo de las mismas y no rechazan este proceso en sí). El consumismo ha calado tan hondo dentro de la conciencia humana que cuestionarlo no solo provoca la ira de los ricos, sino también de las clases medias y bajas.

Y tal situación no se resuelve con el transito hacia el consumo de signos virtuales como las marcas comerciales, la mitología publicitaria, los intentos de marketing o el consumo de símbolos para presumir nuestro tal y como son descritos por Jean Baudrillard. El comprar la marca A en lugar de la marca B simplemente no captamos el hecho de que la una y la otra son estampadas, en última instancia, sobre los objetos reales, siendo todas ellas visual y funcionalmente indistinguibles entre sí.

Las teorías y prácticas que se oponen activamente a todas estas tendencias anteriormente descritas suelen ser clasificados bajo el rotulo de “primitivismo”. Pero este término no deja de ser desafortunado, debido a que en nuestro vocabulario cotidiano todo lo que es denominado “primitivo” es considerado como negativa y poco “progresivo”, pues el pensamiento moderno erróneamente considera que el progreso significa algo “mejor” o más “perfecto”

El escritor y filósofo ruso León Tolstoi (1828-1910) acuñó un término más adecuado: minimalismo, que en parte recuerda al concepto estadounidense de pueblo llano o vida sencilla. No obstante, estas son teorías, actitudes y prácticas críticas o alternativas que tienen por objetivo oponerse a la simbiosis existente entre el capital y la tecnología.

Dentro del primitivismo existen dos vertientes:

La primera es el primitivismo de izquierdas o anarco-primitivismo, el cual defiende las ideas utópicas de la izquierda representadas por la igualdad absoluta, la desaparición de la propiedad, el Estado, la violencia y la explotación (no solo sobre las personas sino también sobre los animales, las plantas, etc.). El primitivismo de izquierda promueve las comunas colectivas y proclama como máximo objetivo la desaparición de la civilización. John Zerzan (nacido en 1943) es un antropólogo estadounidense que afirma que los humanos deben renunciar a toda cultura simbólica como el lenguaje, la escritura y la supuesta “excepcionalidad” humana, con tal de regresar a la naturaleza y convertirse en animales. Se puede decir que este primitivismo de izquierdas es una versión radical del “noble salvaje” de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

La segunda corriente sería el primitivismo de derechas que quiere restaurar lo sagrado y la autenticidad del estilo de vida de los hombres que se ha ido perdiendo debido a la decadencia histórica en que nos encontramos. Esta corriente no niega la jerarquía dentro de las clases y las sociedades, tampoco la violencia, la propiedad (tanto privada como comunal) y la estatalidad, postulando en su lugar el regreso a los valores aristocráticos. El primitivismo de derecha idealiza a las sociedades y las formas de vida de la Antigüedad, la Edad Media o las sociedades nómadas del Turán. En Estados Unidos existe la imagen de la Frontera, que idealiza la conquista de las nuevas tierras que existían al interior del continente.

Sin embargo, la crítica de derecha a la idea de progreso reconoce que es imposible regresar sin más al pasado, a pesar de su apego a las imágenes antiguas. Lo importante de esta tendencia es el rechazo del statu quo actual representado por la decadente sociedad moderna sustentada por el capitalismo financiero internacional y sus mecanismos de alienación. Se trata de buscar la libertad y abandonar la envoltura de la vida cómoda en que existimos: es mejor vivir en un mundo duro y “pobre” que llevar una vida vacía y sin ideales.

Es por eso que se hace un llamado a la desurbanización y la eliminación de las grandes metrópolis y ciudades. Las ciudades son campos de concentración para miles de personas y resulta imposible alimentar o mantener estas poblaciones utilizando los campos, las tierras cultivables y los bosques que quedan junto a ellas. Además, las ciudades promueven el mercantilismo y las relaciones crediticias, lo cual las convierte a priori en el lugar por excelencia para el desarrollo y afianzamiento de la burguesía y el futuro proletariado, es decir, los tipos de existencia humana que nacen de la caída y la degeneración de la estructura estamental de las sociedades indoeuropeas.

El fundamento económico de nuestras sociedades debe ser la agricultura, la permacultura, el pastoreo y la caza. Estos últimas son practicadas por el primitivismo de derecha, ya que el primitivismo de izquierda, apegado a la no violencia, prefiere la recolección y el friganismo (2). No obstante, el problema es volver a las “normas” históricas pasadas rechazando los elementos dañinos del sistema capitalista, que ha impuesto innovaciones como los transportadores de las granjas avícolas, los mataderos o los cultivos transgénicos. Todo esto representa la intromisión negativa de la tecnología en la esfera de la agricultura de subsistencia, ya que sin bebederos automáticos, comederos, máquinas de ordeñar o cuidos y fertilizantes de alta tecnología estos animales y cultivos simplemente mueren o no se desarrollan de forma adecuada (aquí podemos aplicar la imagen del Titanic de E. Jünger, porque nos hemos vuelto rehenes de la tecnología).

Es por eso que debemos buscar una forma de cambiar las relaciones económicas, rituales, reglas y formas de vida al volver a un modo de vida tradicional. El tradicionalismo es partidario de la simplificación y es necesario encontrar una forma de evitar la aparición y el fortalecimiento del capital.

¿Cómo y por qué desaparecen los excedentes de las cosechas, los botines, las artesanías y las mercancías que el sistema capitalista convierte en “capital” que debe ser depositado en los bancos o usado en negocios con tal de multiplicar y acrecentar el mismo para volver a repetir este proceso?

Para solucionar este problema vamos a recurrir a tres autores del siglo XX conocidos por haber estudiado las culturas y las relaciones económicas de las sociedades arcaicas: el sociólogo Marcel Mauss (1872-1950) y la economía del don, el sociólogo Georges Bataille (1897-1962) y la economía del potlatch y el antropólogo Robert Hertz (1881-1915) y la economía de los funerales. Todos ellos se dedicaron a estudiar a las sociedades y pueblos de Oceanía, Polinesia y Asia, además de observar a los indígenas de América del Norte y del Sur. Lo interesante es que estos investigadores encontraron en la historia y la etnografía la existencia de prácticas similares en los pueblos europeos e indoeuropeos.

Marcel Mauss, en su famoso Ensayos sobre el don, disecciona la compleja estructura de las relaciones económicas de los pueblos polinesios y revela que la acumulación de productos, botines, artesanías y algunos bienes valiosos obtenidos por el comercio con los colonos europeos tienen como propósito conseguir cosas con tal de que toda riqueza u objetos valiosos sean dilapidados y destruidos en una cierta fecha y/o enviados a la deriva en barcos.

Los pueblos polinesios tienen por costumbre celebrar grandes reuniones tribales cada uno o dos años: en ese momento se reparte la riqueza que han acumulado. Los regalos son distribuidos de acuerdo al estatus de la persona que los da y siguen las complicadas reglas de reciprocidad practicadas por cada clan. El valor “de mercado” de ciertas cosas no es fijo y puede variar de acuerdo a si los regalos son ofrecidos por un pescador al jefe local o viceversa. Normalmente los pobres reciben una riqueza fabulosa durante estas fiestas, mientras que los miembros acomodados de la tribu se desprenden de sus posesiones hasta finalmente quedar sin nada. Pero esta redistribución de las cosas no es definitiva, ya que los grandes grupos tribales se aseguran de recordar cuidadosamente la cadena y la estructura de los estatus de cada cual, es decir, el hecho de quién dio a quién algo y cuánto le ha dado. De ese modo se puede decir que en la siguiente reunión los regalos recibidos serán devueltos de una forma igualmente deliberada y excesiva. La riqueza no es acumulada como capital, sino destruida.

Sin duda, podemos considerar que las sagradas tradiciones del don también existían en los antiguos pueblos indoeuropeos. Mauss dice que los polinesios creen que cada regalo u objeto tiene un espíritu especial que lo vincula a su lugar de nacimiento y a su antiguo propietario. Todo regalo entregado en una fiesta lleva en su interior espíritus y estos espíritus deben volver a quienes los entregan por medio de una compleja cadena tribal, geográfica (algunos espíritus sólo pueden moverse hacia el Occidente y otros solamente hacia el Oriente) y de jerarquías implícitas. Si el espíritu que acompaña cada cosa no “vuelve” al lugar del que salió, es decir, a su casa, causará problemas y terminará por convertirse en un demonio. Todo don entregado como “capital” esta condicionado por unas reglas y en el habita el oscuro lado demoniaco de los objetos. Cuando uno se deshace de un gran número de posesiones y objetos no solo está pagando las deudas que se contraen con los seres humanos, sino también con los espíritus. Las prácticas europeas relacionadas con la reciprocidad y la limpieza ritual de los regalos procedentes de tierras lejanas hacen parte de los restos que han quedado de estas tradiciones en ese continente.

Este es un claro ejemplo donde las tradiciones sagradas de un pueblo impiden que el “capital” circule libremente y sea “invertido” en algún lugar y de ese modo multiplicado como riqueza.

  1. Bataille profundizo en el tema del lado demoniaco de la producción, especialmente porque le prestó mucha atención a la práctica de la destrucción ritual de todos los excedentes. Estudio especialmente la práctica del potlatch, la cual fue descubierta entre los indios de Norteamérica y cuyas huellas encontramos en todo el Viejo Mundo. Practicas parecidas al potlatch pueden ser vistas en Oceanía y Polinesia. El potlatch es considerado esencialmente como una práctica que busca destruir durante una gran fiesta todos los excedentes de riqueza que no pueden ser regalados o que no pueden ser recibidos por nadie. Consiste en quemar y ahogar las cosas que se han obtenido, sin hablar de consumir de forma excesiva y ritual (durante una fiesta colectiva que dura varios días) los dones que se han obtenido de la tierra y la caza.

Las sociedades arcaicas no almacenaban los excedentes de su trabajo que no pudieran ser regalados a nadie, por lo que estos excedentes se convertían en la “parte maldita” y eran destruidos ritualmente con tal de que no se convirtieran en una amenaza para la sociedad. Y es aquí donde por fin comprendemos que pensaban las sociedades tradicionales con respecto a la acumulación: no se debe acumular nada ni para uno mismo ni para la comunidad, sino conservar únicamente lo necesario.

Un ejemplo muy interesante del potlatch lo podemos encontrar entre los montañeses Kalasha (3) que viven en el norte de Pakistán. Este pueblo tiene la tradición de que si alguien quiere elevar su estatus o conseguir mayor autoridad dentro de la sociedad, así como el derecho a usar ciertas ropas y establecer mesas sagradas talladas por la familia (jestak), se debe dar la fiesta más grande que se pueda. Esta fiesta dura varios días y a ella asisten incluso los habitantes de los pueblos vecinos, siendo costeada y atendida por el anfitrión que la convoca. Puede que al final no le quede nada al organizador de la fiesta, pues en ciertas ocasiones hasta pierden sus casas, pero después de haberla hecho tienen derecho a convertirse en ancianos venerables o jefes de la aldea. Aquí también se puede encontrar un eco lejano de la máxima de que la aristocracia verdadera no posee absolutamente nada.

Finalmente, podemos completar esta imagen con las investigaciones que hizo R. Hertz sobre los rituales funerarios polinesios. Hertz señala que las familias y las tribus acumulaban durante años una enorme cantidad de alimentos, ganado y joyas (“capital” condicionado) con un único fin: hacer un rito funerario majestuoso para uno de sus parientes o un líder tribal. La comida y el sacrificio que se practica en el banquete ritual se hacen en honor del miembro que ha fallecido en proporción al estatus del mismo. También se creía que era una forma de compensar a los muertos para que estos fueran al otro mundo en paz.

Hertz describe prácticas que se asemejan mucho a la “economía de los muertos”, es decir, a los ricos entierros de la nobleza y a las ofrendas periódicas de alimentos y cosas necesarias que se le daban a los antepasados muertos para que fueran al más allá (ropa, zapatos, armas, utensilios). Además, era común que durante el potlatch se entregara parte del excedente de la cosecha como sacrificio destinado a los difuntos o a los dioses.

Encontramos remanentes de estas prácticas – como podemos ver, el don, el potlatch y el sacrificio terminan por fundirse y convertirse en una sola cosa – en las fiestas funerarias y festivas de la Edad Media europea. Todo esto también está relacionado con el simbolismo de la riqueza pura, la cual no se invierte en ninguna forma de “ganancia” económica o crecimiento porcentual, sino que simplemente se deja que brille y sea la expresión del estatus de la aristocracia o la riqueza misma del templo. El famoso Cantar de los Nibelungos tiene numerosas escenas donde las mujeres pasan meses tejiendo y cosiendo costosos vestidos y telas que regalan junto con oro al rey cuando este parte a visitar a otro gobernante.

Podemos denominar estas prácticas culturales como la “economía de Dionisio”.

Las prácticas que hemos descrito hasta aquí son las alternativas y opciones que pueden adoptar los defensores del “primitivismo” de derecha (ya que el primitivismo de izquierda considera irrelevantes todo lo que tiene que ver con lo sagrado, la aristocracia, los dioses, la jerarquía y el estatus) con tal de evitar la acumulación de excedente. Todo esto se combina en la práctica con la creación de una economía independiente, denominada vida fuera de la red, es decir, vivir por fuera del Sistema global y la creación de estructuras locales. Se trata de excluir o minimizar de forma conscientes todos los vínculos que nos puedan unir al sistema socio-económico creado por el Estado (y el mundo), por lo que es necesario construir redes económicas alternativas cerradas que solo involucren a las comunidades y personas afines a estas. Tampoco se deben excluir prácticas económicas que involucren la fuerza (el saqueo, el tributo) y, en parte, la artesanía comunal-gremial.

El lema de “honrar lo local, negar lo global” sería la concreción de esta práctica. Las sociedades arcaicas, las comunidades religiosas, los pequeños grupos ideológicos y las comunidades tradicionalistas cerradas viven de este modo hoy en día.

Concluiremos con la observación que hizo Kaarlo Pentti Lincola de que la religiosidad es la cualidad por excelencia que impide a la sociedad de consumo excederse y reducir el mundo a un conjunto de materias primas y recursos explotables.

Libros de referencia:

Bataille, Georges, La parte maldita

Bateson, Gregory, Espíritu y Naturaleza

Benoit, Alain de, Objetivo: decrecimiento. Por una ecología integral

Baudrillard, Jean, La sociedad de consumo

Hertz, Robert, La muerte y la mano derecha

La doctrina del primitivismo radical

Alexander Dugin, Una cuarta camino. Hacia la cuarta teoría política

Kaczynski, Theodore, El Manifiesto Unabomber

Lincola, Kaarlo, ¿Puede Prevalecer la Vida?

Mauss, Marcel, Ensayos sobre el don

Soral, Alain, Comprender el Imperio. Mañana, la gobernanza global o la revuelta de las naciones

Thoreau, Henry, Walden, o la vida en los bosques

Heidegger, Martin, “El origen de la creación artística”

Heidegger, Martin, Conceptos fundamentales de la metafísica

Heidegger, Martin, ¿Por qué nos quedamos en la provincia?

Spengler, Oswald, La decadencia de Europa.

Julius Evola, Cabalgar el Tigre.

Jünger, Friedrich Georg, Mitos griegos

Jünger, Friedrich Georg, La perfección de la técnica

Jünger, Ernst, La emboscadura

 

Notas del Traductor:

  1. La Organización Internacional de Normalización (ISO en inglés) es una organización para la creación de estándares internacionales compuesta por diversas organizaciones nacionales de normalización. Fundada el 23 de febrero de 1947, la organización promueve el uso de estándares privativos, industriales y comerciales a nivel mundial.
  2. El término friganismoo movimiento frigano(inglés: freeganism) designa un estilo de vida anticonsumista, con una participación limitada en la economía convencional, mínimo consumo de recursos y mejor aprovechamiento de los mismos. Una de estas estrategias es evitar el consumismo innecesario,​ y otra la recolección de alimentos que han sido previamente tirados a la basura o descartados por estar próxima o pasada su fecha de caducidad.
  3. Kalasho kalāso kalasha, hace referencia a una etnia que habita en las fronteras septentrionales del Pakistán, en los valles de Rukmu, Mumret y Biriut correspondientes a la cordillera del Hindukush. Se trata de un pueblo indoeuropeo al cual se le ha atribuido un origen griego o de otra rama proto-indoeuropea cercana. Según otros investigadores, como Michelangelo Naddeo, los kalasha serían descendientes de un antiguo pueblo que habitó el centro de Europa antes de la llegada de los pueblos indoeuropeos y que se diseminó por Asia alrededor del año 1.000 a.C., a lo largo de la Ruta de la Seda, y que tendría como descendientes modernos a la nación húngara, quienes migraron de Asia Central a Europa alrededor del año 1.000 d.C. Esta teoría está sólidamente sustentada en las similitudes entre el arte y la simbología religiosa de los Kalash y aquella encontrada en el Asia Central, así como hallazgos en Europa Central que datan de antes del año 1.000 a.C.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera