Contra-iniciación y triunfo de los titanes

El problema de la contrainiciación

Uno de los puntos más controvertidos y problemáticos de la filosofía del tradicionalismo desarrollada por René Guénon es la cuestión de la «contrainiciación». Guénon entendía por «contrainiciación» aquellas fuerzas y organizaciones específicas que alejan conscientemente a las personas del camino de la iniciación y el conocimiento de la sabiduría eterna de la tradición. La noción de que existen organizaciones secretas que alejan a las personas del bien de la iniciación, y la afirmación de que esto es universal, ha proporcionado un terreno fértil para el desarrollo de diversas teorías conspirativas ocultistas que, para nosotros, son únicamente un terreno inestable. El universalismo de la iniciación frente a la contrainiciación, similar al absolutismo de las categorías del bien y el mal, es un elemento creacionista dentro del tradicionalismo. Resulta revelador que el mismo Guénon llamara a las fuerzas contrainiciáticas con el término islámico Awliya es-Shaytan, es decir, los «santos de Satanás». En la versión de Guénon, los representantes de la contrainiciación están detrás de todos los fenómenos y aspectos negativos del mundo moderno: la degradación, la materialización y la desaparición de la espiritualidad.

Sin embargo, al hablar de la universalidad de la contrainiciación y la iniciación de una manera tan similar al absolutismo creacionista, es necesario hacer una importante aclaración de significados y términos. Sobre este tema, existe una cierta confusión en el tradicionalismo «clásico», que ya hemos mencionado cuando citamos a Dominique Venner. Hemos establecido la diferencia fundamental entre dos metafísicas, dos ontologías: el creacionismo y el manifestacionismo. En la medida en que las tradiciones paganas existen primordialmente dentro de los lazos etnorreligiosos, como sugieren términos como iazychestvo y «paganismo», no podemos proyectar categorías universales sobre ellas. De pueblo a pueblo, de lengua a lengua y de tradición a tradición, existe una variedad de formas, matices sutiles y patrones de manifestación divina. En el caso del manifestacionismo, la verdad es la Fuente Única que se manifiesta en numerosas manifestaciones, tradiciones, lenguas y pueblos. Por lo tanto, no tiene sentido hablar de iniciación y contrainiciación universales. Cada pueblo tiene sus propias formas rituales de iniciación, nombres para los dioses y divisiones de castas y estamentos, con la superposición de muchos matices que hacen que cada pueblo haya seguido un camino único. Todas ellas expresan la estructura sagrada única descrita en detalle por Platón y sus seguidores. En la dimensión social, esta constante estructural fue revelada y descrita por Georges Dumézil. Dondequiera que un camino iniciático alcance su culminación, donde termine el lenguaje de un pueblo y el lenguaje de una tradición, donde se instale el Silencio Divino, el logro de este estado puede describirse como la iniciación en el Uno que está más allá de los nombres y las formas, los idiomas y lo efímero. Este es el polo superior de lo sagrado en sentido vertical, el eje del cosmos, cuyas manifestaciones podemos ver en la jerarquía vertical (piramidal), en las iniciaciones y en el Logos patriarcal.

La ontología del creacionismo afirma la unidad cuantitativa del Creador y la singularidad de su creación: el mundo y el hombre. Las religiones abrahámicas del creacionismo no son en absoluto populares, es decir, no están vinculadas a la pertenencia étnica y al idioma. El pueblo de Cristo o Alá no es un etnos específico, sino ante todo una identidad religiosa independiente de la pertenencia étnica. Aquí podemos mencionar el universalismo de las normas abrahámicas para todo el mundo, es decir, para todos los que adoptan su fe y su símbolo. Las categorías universales del bien y el mal, Dios y Satanás y su confrontación por el alma humana son propias del creacionismo. En esto radica la conceptualización de Guénon de las fuerzas universales de la contrainiciación, junto con una mezcla de la metafísica del paganismo y el abrahamismo y la generalización de la iniciación como un fenómeno común y universal. Como ya hemos señalado, el universalismo es típico del creacionismo, mientras que la unidad de una multiplicidad de tradiciones en lo Divino Supremo corresponde al manifestacionismo.

La noción de contrainiciación universal se desmorona ante las tradiciones paganas y sus numerosas corrientes, caminos y sectas relacionadas con el estatus y las castas dentro de cualquier tradición dada. ¿Sería un camino iniciático dentro de una secta contrainiciático desde el punto de vista de otra? Dada la posibilidad de adorar a diferentes dioses dentro de un mismo panteón, que son emanaciones y rostros del Único Divino, solo se puede hablar de diferentes formas y caminos de iniciación, al igual que hay diferentes dioses patronos para diferentes estamentos y cultos correspondientes.

Una cuestión mucho más compleja es la relación entre una tradición y otra: ¿es «digna» o no una fe extranjera? En la Antigua Grecia y Roma, podemos encontrar ejemplos de historiadores, viajeros y filósofos que describen las tradiciones de otros pueblos y encuentran analogías dentro de las suyas propias, determinando coincidencias entre, por ejemplo, los dioses egipcios y griegos, con las mismas características de estamento, funciones y atributos para reconocer la dignidad de adorarlos como sus propios dioses, aunque con nombres diferentes. Atribuir una cualidad contrainiciática absoluta a otra tradición solo es correcto dentro del creacionismo, del mismo modo que el cristianismo rechaza el judaísmo como un testamento antiguo y ya no válido y a Mahoma como un falso profeta. El islam, a su vez, solo reconoce la cualidad iniciática genuina para sí mismo, considerando que el judaísmo y el cristianismo son versiones anteriores y distorsionadas. El judaísmo no reconoce en absoluto a Cristo y Mahoma como profetas y considera que el cristianismo y el islam son sectas. Las tres religiones abrahámicas, por su parte, niegan cualquier cualidad iniciática a las tradiciones no abrahámicas. Esta situación es, en general, la raíz del fenómeno puramente creacionista de las guerras religiosas. Una colorida confirmación de ello se puede ver en las siguientes líneas del Deuteronomio (13:6-10): “Si tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo o tu hija, o la mujer que descansa en tu regazo, o tu amigo, aunque le quieras como a tu propia alma, te incitare en secreto, diciendo: «Vamos a servir a otros dioses»—dioses que no conocisteis ni tú ni tus padres, de entre los dioses de los pueblos que os rodean, cercanos o lejanos, del uno al otro cabo de la tierra—, no asientas ni le escuches, ni tenga tu ojo piedad de él, ni le tengas compasión ni le encubras; denúnciale irremisiblemente, y sea tu mano la primera que contra él se alce para matarle, siguiendo después las de todo el pueblo; le lapidaréis hasta que muera, por haber buscado apartarte de Yahve, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Las tradiciones paganas, por otro lado, postulan una pluralidad fundamental de caminos, cualitativa en virtud del politeísmo: la veneración y el servicio a uno u otro dios no es una contradicción en relación con otros dioses. La idea de la «contrainiciación» se vuelve más claramente irrelevante en el caso de la veneración de los dioses creadores de la luz y los dioses oscuros de la muerte. Puede parecer que los tantristas y los aghoris, que meditan en cementerios y comen carne cruda, están muy lejos de la iniciación divina en comparación con los brahmanes y los kshatriyas, pero en realidad esta diferencia es una gran ilusión. El filósofo tradicionalista ruso Alexander Dugin, al comentar la noción de contrainiciación en relación con las tradiciones abrahámicas, declara una visión similar de las «herejías»: «En la mayoría de los casos, los inconformistas religiosos («herejes», «satanistas», etc.) buscan la totalidad de la experiencia sacra que los representantes de la ortodoxia no pueden ofrecerles» (1). Sobre esta base, se puede concluir que las diferencias, corrientes y sectas intratradicionales pueden ser entendidas, por ejemplo, por los hindúes, sin connotaciones negativas y no como «contra-iniciáticas».

Los fenómenos más sustantivos que obstaculizan el camino iniciático son la repetición ciega (formalismo), como seguir a un maestro o gurú o copiar y mezclar diversas formas y prácticas, así como lo que se denomina «seguir un camino que no es el propio». Parafraseando una famosa expresión, es mejor seguir mal el propio camino iniciático que seguir bien el de otra persona. Imitar el camino externo y románticamente seductor de un maestro o un volkhv sagrado no lleva esencialmente a ninguna parte y no ofrece más que ilusiones, mientras que cometer errores en el propio camino proporciona al adepto experiencia y desarrollo. Al vivir la vida según patrones ajenos, el adepto, en cierto sentido, permanece siempre ante las puertas de la iniciación sin cruzar nunca el umbral. La incapacidad de controlar las emociones y las pasiones, caer en ciertos estados como la depresión, la exaltación o la apatía, el enamoramiento excesivo por lo nuevo, la apariencia externa y dar primacía a los cambios de estatus, conocimiento y, finalmente, poder, todo ello constituye un obstáculo en el camino iniciático, pero también puede utilizarse como retos que deben superarse a modo de prueba existencial. Como es bien sabido, la primera etapa de la iniciación está plagada del gran peligro de caer en la tentación y la ilusión de la supuesta omnisciencia, cuando un adepto, al ver el primer rayo, se imagina a sí mismo como la luz. Estas reflexiones sobre la contrainiciación son más bien de carácter personal y pueden considerarse vicios humanos bastante comunes y principios inferiores que alejan a la persona del Espíritu hacia la materia.

Así, la búsqueda de elementos contrainiciáticos en la tradición nos lleva a aquello que obstaculiza, erosiona, amenaza y ataca el orden divino del mundo, la jerarquía sagrada, los dioses y héroes, los reyes y los trabajadores, los imperios y las comunidades.

El triunfo de los titanes

Al hablar de la oposición entre la modernidad y la tradición, lo secular y lo sagrado, lo iniciático y lo contrainiciático, caemos en una situación de dualidad, en la que existe «todo lo sagrado» y «todo lo no sagrado». Esta es la lógica de la privatividad: 1 y 0. Esta visión ofrece dos imágenes de un mundo en estado de guerra. Correlacionamos el polo de lo sagrado con lo Divino, con el Olimpo, el Asgard nórdico y la interpretación de todo el cosmos desde esta topografía. El lenguaje del mito es más que suficiente para describir todo el ciclo del tiempo y la historia, incluidas aquellas ideas modernas que proclaman rechazar el mito y lo Divino. Esto significa que, para determinar quién o qué opera detrás de la máscara de la modernidad, debemos observar atentamente a aquellos que siempre y en todas partes han sido los oponentes de los dioses.

Se trata del elemento ctónico, los titanes en guerra con los dioses, los monstruos que amenazan a los hombres y al cosmos y a los que se oponen los dioses y los héroes. En la mitología griega, los titanes intentan apoderarse del Olimpo. Los gigantes de cien manos, los cíclopes, la serpiente Pitón y otras bestias quiméricas actúan como la amenaza maligna para todos los seres vivos y sagrados. Cuando hablamos de lo «no divino», en realidad tenemos en mente algo imbuido de su propia vida y lógica particulares, de naturaleza titánica. Con cierta cautela, también podemos proponer que su pensamiento, cosmovisión, Logos y puntos de vista albergan un valor sagrado.

En la mitología griega, los titanes persiguen y descuartizan al dios Dioniso. En la tradición escandinava, Thor es el eterno adversario de los gigantes, los jötnar y los þursar, y en la batalla escatológica del campo de Iðavöllr, los dioses y los hombres se enfrentan al lobo Fenrir, la serpiente Jörmungandr y los muertos de Naglfar liderados por su libertador: Loki. Fenrir se traga a Odín y la serpiente es asesinada por Thor, pero solo después de haber conseguido envenenarlo mortalmente. El final de la batalla está marcado por el gigante de fuego más antiguo de Muspelheim, Surtr, que tala el árbol del mundo Yggdrasil, con lo que la jerarquía sagrada se derrumba y los dioses desaparecen del mundo. En el hinduismo, los devas se enfrentan a los asuras, demonios guerreros que a veces adoptan formas bestiales, y las hordas de rakshasas (los muertos vivientes) amenazan al hombre, que pide protección a los dioses. En la mitología eslava, Perun, como muchos otros héroes eslavos, lucha contra la serpiente Gorynych, Likho y diversos espíritus malignos, muertos vivientes, demonios y bestias.

Los adversarios de los hombres, los héroes y los dioses son, por lo tanto, las criaturas ctónicas cuyos orígenes se remontan al génesis del cosmos. Se les puede encontrar presentes en los mitos como seres primordiales relativamente neutrales (como Gaia, Cronos y Ymir) y son respetados con cierto temor reverencial por las personas como seres antiguos y poderosos, a menudo atribuyéndoles el estatus de dioses. La serpiente madre Gaia, los gigantes y los titanes se encuentran entre los primeros en aparecer del Caos preeterno. Desde el abismo de Ginnungagap, los primeros mundos en aparecer son los de los gigantes del hielo y del fuego, Niflheim y Muspelheim. En muchas tradiciones, el evento cosmogónico se describe como el desmembramiento de uno de los primeros y más poderosos titanes y la creación del mundo a partir de sus restos. Así, los dioses del norte crearon el mundo a partir del cuerpo de Ymir. Este acto es la afirmación del orden divino y el dominio de lo sagrado expresado en una jerarquía en la que los dioses ocupan la cima. A partir de entonces, el mundo está ordenado, triplicado por las manos divinas y sus leyes, y construido de acuerdo con ellas. Los titanes restantes son arrojados al Tártaro o empujados a la periferia del cosmos, a mundos inferiores y lejanos. Los monstruos son encadenados o derrotados y se esconden de la luz divina en los pliegues de la materia. Para ser más exactos, han estado escondidos hasta hoy.

Con este punto, que exige toda nuestra atención y esfuerzo, damos un paso adelante en el tradicionalismo. Desde el punto de vista del «guénonismo ortodoxo», tal vez esto parezca un paso al lado. Pero repetimos que de ninguna manera pretendemos restar mérito o autoridad a los primeros tradicionalistas. Más bien, nuestro objetivo es revelar las nuevas direcciones trazadas por ellos. Nuestro paso adelante consiste en argumentar que la noción de que la modernidad es un mundo antitradicional, no mitológico, no mítico y profano es una idea errónea. El mundo nunca ha dejado de desarrollarse según patrones y trayectorias tradicionales y míticas.

Cuando caracterizamos nuestra época como «antitradicional» o «secular», como una época en la que todo lo «arcaico» ha sido supuestamente superado como «ilusión infantil humana», nos estamos privando del derecho a llamar a esta era por su nombre en términos de tradición: el Kali-Yuga, la Edad de Hierro. Si hablamos de la modernidad como la era de Koshchei (la «era Koshchny»), como la época del Ragnarök, entonces le conferimos características tradicionales y una descripción tradicional. Si es la Edad de Hierro la que realmente nos rodea, entonces no se trata de una mera cuestión de «antitradicionalidad». Estamos dentro de la Tradición aquí y ahora. Siempre lo hemos estado. La situación de colapso que nos rodea encaja bastante bien con las profecías escatológicas tradicionales. Las leyes metafísicas siguen vigentes y la rueda de la Cruz Celta sigue girando. Estamos en pleno corazón de la noche. Vivimos en un mundo tradicional en el que los dioses se han retirado y se han ocultado. Vivimos en un mundo tradicional en el que los titanes y los monstruos materiales ctónicos están ganando terreno en la batalla contra los dioses. Los titanes, ctónicos como su Gran Madre, siempre son antagonistas de los dioses. Se trata de una continuación de la primera guerra, como resultado de la cual los dioses victoriosos organizaron el espacio en un cosmos ordenado. La tradición griega denominó a esta guerra Titanomaquia.

Así, podemos ver la tradición y el mundo moderno no solo a través de la visión histórica de la degradación, el cambio gradual de las épocas en el tiempo, sino también como sincronicidad. No se trata del tiempo cíclico y lineal de la Tradición de la Modernidad, sino del tiempo vertical. En el tiempo vertical, la humanidad de Oro, Plata y Hierro existe siempre, simultáneamente. Están estrechamente entrelazadas. Hoy en día domina el elemento de Hierro y los portadores del Oro del Espíritu son empujados a la periferia y la marginalidad. El mundo moderno, que es un éxito de los titanes en su guerra contra los dioses, tiene sus raíces y está arraigado en la Tradición. Este mundo es el de los titanes, los mundos del infierno, los bosques de hierro, los pantanos y el olvido. Estos son los numerosos mundos védicos del infierno, Naraka. Este es el Helheim de los escandinavos, el Tártaro de los griegos. En la Edad de Oro, los héroes iban a estos mundos y tierras lejanas en busca de gloria y batallas o expulsaban de sus tierras natales a los recién llegados de estos reinos.

Estas son las sectas y cultos de la Gran Madre de la materia, los adeptos de las figuras titánicas, los filósofos naturales, epicúreos y atomistas en la línea de Demócrito y Jenófanes. Demócrito desarrolló la doctrina del materialismo atómico, basándola en el átomo indivisible, de los cuales existen innumerables números junto con un vacío entremedio. Según la leyenda, Platón compró todos los libros de Demócrito y los quemó. Jenófanes atacó a Homero y Hesíodo, instando a los demás a no prestar atención a la Titanomaquia y presentó a los dioses como fruto de la fantasía de las personas (en este punto se acercaba a Evémero). Xenófanes creía que el principio de todo era la tierra y el agua, es decir, los elementos ctónicos e hipoctonos.

En el Chandogya Upanishad, la diferencia entre las percepciones del alto Brahman y los cultos predominantes de los Devas y los Asuras se describía muy claramente, como se puede ver en el siguiente pasaje:

“El Ser (Atman), que está libre del mal, es eterno, inmortal, sin dolor, sin hambre, sin sed, cuyo deseo es lo Real, cuya concepción es lo Real, debe ser buscado. Uno debe desear comprenderlo. Quien lo ha descubierto y comprende ese Ser, obtiene todos los mundos y todos los deseos. Así habló Prajapati.

“Entonces, tanto los dioses como los demonios (deva-asura) lo oyeron. Entonces dijeron: «Venid, busquemos ese Ser, el Ser al que, al buscarlo, se obtienen todos los mundos y todos los deseos». Entonces Indra, de entre los dioses, se dirigió hacia él, y Virocana, de entre los demonios. Entonces, sin comunicarse entre sí, los dos se presentaron ante Prajapati, con combustible en la mano.

“Durante treinta y dos años, los dos vivieron la vida casta de un estudiante de conocimiento sagrado (brahmacarya). Entonces Prajapati les dijo a los dos: «¿Qué deseos han estado alimentando?». Entonces los dos dijeron: «El ser (Atman), que está libre del mal, es eterno, inmortal, sin dolor, sin hambre, sin sed, cuyo deseo es lo Real, cuya concepción es lo Real: a Él se le debe buscar, a Él se le debe desear comprender. Quien ha descubierto y comprende ese Ser, obtiene todos los mundos y todos los deseos. Así declaran las personas que son tus palabras, señor. Hemos estado viviéndolo, deseándolo».

“Entonces Prajapati dijo a los dos: «Esa Persona que se ve en el ojo, Él es el Ser (Atman) del que hablaba. Ese es el inmortal, el intrépido. Ese es Brahma». «Pero este, señor, que se observa en el agua y en un espejo, ¿quién es?». «El mismo, en efecto, se observa en todos ellos», dijo él.

«Mírense en un recipiente con agua. Cualquier cosa que no comprendan del Ser, díganmela». Entonces los dos se miraron en un recipiente con agua. Entonces Prajapati dijo a los dos: «¿Qué ven?». Entonces los dos dijeron: «Vemos todo aquí, señor, un Ser que se corresponde exactamente, incluso con el cabello y las uñas».

“Entonces Prajapati dijo a los dos: «Adornáos bien, vestíos bien, adornáos y mirad en un recipiente con agua». Entonces los dos se adornaron bien, se vistieron bien, se adornaron y miraron en un recipiente con agua. Entonces Prajapati dijo a los dos: «¿Qué veis?».

“Entonces los dos dijeron: «Tal como nosotros mismos estamos aquí, señor, bien adornados, bien vestidos, adornados, así están allí. Señor, bien adornados, bien vestidos, adornados». «Eso es el Ser», dijo él, «Eso es lo inmortal, lo intrépido. Eso es Brahma». Entonces, con el corazón tranquilo (santa-hrdaya), los dos se marcharon.

“Entonces Prajapati los miró y dijo: «Se van sin haber comprendido, sin haber encontrado el Ser (Atman). Quienquiera que tenga tal doctrina mística (upanisad), ya sean dioses o demonios, perecerá». Entonces, con el corazón tranquilo, Virocana se acercó a los demonios. A ellos les reveló esta doctrina mística (upanisad): «Uno mismo (atman) debe ser feliz aquí en la tierra. Uno mismo debe ser atendido. Aquel que hace feliz a su propio yo (atman) aquí en la tierra, que se atiende a sí mismo, obtiene ambos mundos, tanto este mundo como el otro».

“Por eso, incluso ahora, aquí en la tierra, dicen de aquel que no es generoso, que no es creyente (a-sraddadhana), que no es sacrificador: «¡Oh, diabólico (asura)!», pues tal es la doctrina (upanisad) de los demonios. Adornan el cuerpo (sarira) de un difunto con lo que han mendigado, con vestidos, con ornamentos, como ellos lo llaman, porque piensan que así ganarán el mundo del más allá.

“Pero entonces Indra, incluso antes de llegar a los dioses, vio este peligro. «Así como, en efecto, aquel [es decir, el yo corporal] está bien adornado cuando este cuerpo (sarira) está bien adornado, bien vestido cuando este está bien vestido, adornado cuando este está adornado, así también aquel es ciego cuando este es ciego, cojo cuando este es cojo, mutilado cuando este es mutilado. Perece inmediatamente tras la muerte de este cuerpo. No veo nada agradable en esto»” (2).

Además, el Chandogya Upanishad narra el regreso de Indra y su comprensión de las enseñanzas de Prajapati sobre el Brahma superior (Para Brahma, Nirguna Brahma), mientras que los Asuras se quedan satisfechos con la respuesta y las enseñanzas de Virocana. Hoy en día, estas palabras sombrías y la reverencia por el cuerpo se han extendido por todas partes, convirtiéndose en algo global. El espacio se ha visto comprimido por las redes de transporte y enredado en la red de sus interpretaciones y significados, que excluyen a sus enemigos jurados, los dioses y su orden, de la cosmovisión legítima. Los santos titánicos son los eruditos de la Ilustración. Los departamentos de ciencias físico-matemáticas son los altares de los monstruos desde los que Jörmungand escupe su veneno. La infame oposición de la ciencia de la Ilustración a las instituciones tradicionales representa una de las manifestaciones más vívidas de esta guerra.

El elemento ctónico de la Gran Madre, que da a luz a las quimeras, los monstruos y los titanes, es multifacético y se manifiesta en las formas más diversas, a veces muy sutiles, envolviendo y sustituyendo con dobles y copias lo que parece ser divino y sagrado. Una interpretación literal de los mitos sobre Fenrir devorando el sol como un acontecimiento en el que un lobo de grandes proporciones físicas se traga la estrella solar es una de esas estratagemas que impiden al profano ilustrado dudar de la veracidad de su relato. «Porque esto no sucede», dirá. Así, los hilos meridianos que conducen a muchos significados e interpretaciones de un orden superior se cortan del mito. De esta manera, es fácil discernir el sistema privativo del lenguaje moderno.

El paganismo moderno se ha centrado más en oponerse a las instituciones y la cultura cristianas formales, por lo que existe en gran medida dentro de una lógica dualista. Pero la imagen del mundo tiene más de dos dimensiones. El paganismo ignora en gran medida la influencia de la modernidad sobre sí mismo y sobre el cristianismo, el islam y el creacionismo en general. Deja entrar las sutiles y cada vez más evidentes infiltraciones de elementos e ideas titánicas, que acaban sustituyendo las formas y orientaciones de los dioses sagrados. El mundo es más complejo que la confrontación entre paganos y cristianos y las cosmovisiones religiosas y científicas. Centrarnos solo en este frente nos desvía del titiritero que está detrás de toda la situación, el elemento titánico ganador (pero no victorioso). En verdad, enfrentar a un oponente contra otro, desviando la atención de uno mismo, es una de esas maravillosas técnicas de guerra que, según Heráclito, es el padre de todas las cosas.

Nos enfrentamos a dos lenguajes para describir la realidad que abarcan absolutamente todo el cosmos y que ofrecen explicaciones e interpretaciones para todos los fenómenos y cosas en todos los tiempos y rincones del mundo. El primer lenguaje es el lenguaje olímpico, divino, el lenguaje de lo sagrado. Es el lenguaje de los dioses nórdicos de Asgard, el lenguaje de los devas arios de la India. Su descripción del mundo se revela a través de las tradiciones, lenguas, epopeyas, leyendas y cultura de cada pueblo. Hemos dado una definición concisa y estructural de este lenguaje en las secciones anteriores. Este lenguaje describe la modernidad como la ofensiva de los monstruos, los mundos inferiores, sombríos y melancólicos, aquellos gobernados por los gigantes (jötnar) y los Asuras, las moradas de los draugar (o aptrgangar) y los Rakshasas, los (no) muertos. Estos son los abismos oceánicos, las mazmorras, las densas capas ctónicas de la materia. Esto es Lokasenna, o el asalto de Loki el Titán a todos los dioses mientras cuestiona su bondad y su estatus, al igual que los eruditos de la modernidad sientan el principio de la duda como fundamento del conocimiento.

El segundo lenguaje es el lenguaje de la materia misma, la Gran Madre y su descendencia. Este lenguaje trata al Cielo, a los dioses, a todo su orden y a todo lo que ennoblecen con su luz como negativo. Los titanes no han olvidado ni perdonado su expulsión al Tártaro y han mantenido su odio y su deseo de venganza contra los dioses. Su lenguaje es el de las correlaciones estrictas, desprovistas de lo sagrado, de las dimensiones superiores. Este lenguaje surgió en la modernidad y se convirtió en el lenguaje de la ciencia y la cultura secular. Es el hecho atómico de Wittgenstein, la privacidad del 1 y el 0, el desplazamiento, la burla y el desprecio de la religiosidad como una cosmovisión marginal, ingenua, infantil y poco científica. Al mirar al cielo, la persona iniciada en lo Divino verá el manto azul del dios Odín a través de los agujeros por los que brillan las estrellas. Al mirar un árbol, verá Yggdrasil, el cosmos y a sí mismo. Pero la persona iniciada en la ciencia y el materialismo, al mirar al cielo, recordará que la ciencia le ha iluminado sobre el hecho de que el cielo es azul debido a la refracción de la luz en la atmósfera y en virtud de la percepción de las ondas por parte de la retina. No ve el manto de Odín. Estos dos lenguajes son antagónicos. Cada uno de ellos contiene un estado comprimido del otro revestido de significados correspondientes. Cada lenguaje niega la lógica y el pensamiento del lenguaje opuesto de su enemigo.

Para los hombres, los héroes y los dioses, la materia es aquello que debe transformarse con plantillas e ideas sagradas para darle forma. Los dioses otorgan a las personas herramientas y les enseñan las habilidades de recolectar, arar, cazar, forjar, fabricar cerámica, criar a los hijos, el camino del guerrero, el artesano y otras vocaciones. Desde el punto de vista de los dioses, la Tierra es un campo que debe cultivarse para dar fruto. La tierra da fruto a partir de la semilla divina, coronando así su unión, tal y como se refleja en la concesión de la fertilidad por parte de los dioses del cielo y la tierra, tanto desde la tierra como desde el cielo. Pero para la Gran Madre y su descendencia, la interferencia divina es dolor, invasión, usurpación y derrocamiento. Perturban su sueño autosuficiente, su olvido, y por ello ella entra en confrontación con ellos. Los dioses destrozan a sus hijos y establecen el orden, creando el mundo a partir de sus restos.

La visión sagrada de la historia nos revela el proceso de caída en la Edad de Hierro, la disminución de la presencia divina, la violación de la jerarquía sagrada, la difuminación de los estamentos y sus relaciones, el abandono de las tradiciones y costumbres, la problematización de la iniciación y la profanación de las doctrinas. La visión ctónica revela el triunfo del progreso, el desarrollo, la expansión de los espacios conquistados por los titanes y el espesamiento del tiempo. Tal es el retorno a la monotonía tranquila, la ausencia de acontecimientos genuinos y la repetición gentil de lo mismo, el «hoy, prolongado hasta el mañana». La evolución, el progreso y el desarrollo descartan en última instancia las ideas innecesarias y arcaicas «sobre algunos dioses» para que el hombre, iluminado y liberado de la «dictadura» de las normas tradicionales, pueda hacer lo que quiera, ya sea jugar con juguetes religiosos, estudiar la estructura de un átomo o ir al cine a ver una película. Con la igualdad, los derechos y las oportunidades universales, puede llenarse el estómago y quedarse dormido frente al televisor. La Gran Madre lo absorbe en su vientre de materialidad.

En la época moderna la cosmovisión pagana y la filosofía pagana han recibido muchos golpes e infiltraciones por parte de las tradiciones creacionistas y se han vuelto aún más vulnerables y susceptibles a las influencias del elemento titánico. El elemento ctónico construye su propio conjunto de ilusiones para cada estado, de una manera especial que difumina sus propias naturalezas, las direcciones y los caminos espirituales en la vida que les son propios. La opinión generalizada de que el conflicto actual es entre la visión del mundo moderno, físico, científico y mecánico, y el religioso (expresado en la tradición del creacionismo y representado de forma más lúcida por el cristianismo europeo), y que, por lo tanto, esto no concierne ni afecta a los paganos, es incorrecta. Además, desde el punto de vista del pensamiento pagano, la suposición de que es posible apoyar a la ciencia en su esfuerzo de desacreditar al cristianismo y la autoridad de este último es uno de los mayores errores. Para la ciencia, tal y como es entendida por la Ilustración y la Modernidad, no hay diferencia entre los dioses del manifestacionismo y el Dios del creacionismo. La ciencia, como instrumento, como una de las armas de los titanes, está dirigida contra todas y cada una de las jerarquías y divinidades. Los principios de la física, las matemáticas y la ciencia positivista-racionalista se trasplantan a la esfera de las ciencias humanitarias y sociales, a la ideología y la política, y de ese modo infectan a los estamentos activos (a la Platón) de auxiliares, guerreros, héroes y todas las personas pasionarias que realizan su naturaleza como gobernantes.

Sin embargo, se utiliza otra herramienta para erosionar las instituciones tradicionales, para castrar la profundidad sagrada de las tradiciones, para ocupar el trono abandonado del Dios supremo y hacerse pasar por él: el elemento ctónico puede producir formas religiosas (3). En la antigüedad, podemos ver esto en los cultos suprimidos de la Gran Madre (que no debe confundirse con la Madre Tierra, la Diosa de la Fertilidad), los cultos de los titanes, los castrados de Hécate-Cibeles, etc. Este frente aún requiere una inmersión cuidadosa y arriesgada. Hoy en día, los juguetes religiosos de los titanes son ligeros, superficiales y mezclados con diversos componentes (sincretismo) y «teología blanda» al estilo de las religiones New Age, el espiritismo barato y el entretenimiento. La «tradición» se convierte así en otra mercancía de consumo.

Las infiltraciones también han afectado al purismo del lenguaje. Al mantener el lenguaje lo más puro posible, traducir términos prestados y nuevos y utilizar analogías de la lengua y la cultura nativas, se puede revelar una sutil sustitución de valores y cosmovisión simplemente por el campo en el que se eligen las analogías para una nueva palabra. Al traducir el término «Internet» como Niti («hilos»), como los que ayudaron a los héroes a encontrar su camino o escapar, vemos cómo se dota a una nueva palabra de una connotación positiva asociada a los mitos heroicos. Al mismo tiempo, sería apropiado atribuirle tonos demoníacos. El uso de la tecnología es pura magia negra, los regalos engañosos de los enanos subterráneos que deben utilizarse dentro de todo un complejo de magia protectora y determinaciones verbales a través del elemento demoníaco. El valor del purismo lingüístico puede ponerse en tela de juicio si uno se limita a citar palabras y no presta atención a la importancia de las interpretaciones negativas de las traducciones de los nuevos términos.

Puede parecer que una delimitación tan estricta y radical de la dicotomía entre lo divino y lo titánico es una característica metafísica de la tendencia creacionista, lo que, por lo tanto, sería engañoso. Sin embargo, la guerra siempre requiere rigidez y estrategias decisivas. Incluso la ausencia de categorías absolutas, y mucho menos morales, del bien y del mal no anula el calor de las batallas y la necesidad de cumplir con el destino y lo que es debido. En la imagen mitológica del mundo, ahora hay dos bandos, cada uno con su propia ontología, ya sea metafísica o estrictamente físico-matemática. En el mito, la primera es normativa, mientras que a la segunda se le niega incluso la posibilidad de expresarse. Cuando los dioses miran la materia, solo ven materia, la khora platónica. Junto a la ontología, se afirman dos lenguajes para describir el mundo. El lenguaje del mito es inclusivo, incluye lo titánico y lo ctónico y lo llama como tal, como un enemigo peligroso. El lenguaje de los titanes, en su apogeo moderno, declara su exclusividad y excepcionalidad. Dice que no es titánico, porque «ya no hay dioses ni titanes, esas reliquias de la infancia de la humanidad». Lo oculta todo el tiempo, mientras que, en su sistema privativo, expresa su elemento. La imagen sagrada del tiempo dice «cuanto más lejos, peor», mientras que el tiempo lineal titánico asegura: «cuanto más lejos, mejor, más desarrollado». El lenguaje de los titanes, su lógica, sus valores y su filosofía —no temamos admitirlo— se revelan y se abren en las últimas edades de Hesíodo. Las puertas del Tártaro están abiertas de par en par. El Tártaro está ahora en todas partes.

La modernidad y el creacionismo pueden situarse en la cosmovisión pagana: en el lenguaje del paganismo y las tradiciones paganas, podemos describir nuestra realidad e historia como la batalla continua contra la Titanomaquia. En el lenguaje del paganismo, podemos describir todas las teorías de la modernidad, todos sus milagros negros y dones subterráneos. La modernidad, por su parte, afirma que el lenguaje de la tradición no puede describir todo su progreso social, biológico y científico-tecnológico. La modernidad postula únicamente la exclusividad total de su lenguaje, su racismo gnoseológico y la privacidad de su punto de vista. En la ecuación binaria del 1 y el 0, el elemento titánico niega la dimensión divina, su propia existencia. La «ahoga» en la nada. Como escribió Nietzsche sobre el nihilismo europeo, su barrido de todo lo tradicional y su reducción de todo al vacío, a la Nada: «El desierto crece: ¡ay de aquel que tenga un desierto en su interior!».

El examen de diversos aspectos de la influencia de la modernidad en el paganismo, su influencia en el creacionismo y la relación entre el manifestacionismo y el creacionismo en esta óptica revelada será el tema de nuestros próximos capítulos. Desentrañando con cuidado, pero con rigor, los astutos diseños de las ideas, la metafísica y las influencias, purificaremos los fundamentos paganos, la Esencia y definiremos con mayor claridad sus perspectivas y prospectivas. Además, al hablar de la modernidad, la «antitradicionalidad» y la contrainiciación (o «iniciación» en los cultos de la materia a través del rechazo de lo Divino), entenderemos como algo natural que vivimos en la Tradición aquí y ahora y que estamos viviendo plenamente su escatología. Estamos participando en ella.

Es necesario pensar en el tradicionalismo y la modernidad desde una perspectiva diferente, no desde el punto de vista diacrónico que presupone que la Tradición fue, que dentro de ella ya ocurrió el Ragnarök, y que después vino la Modernidad en la que no hay dioses ni titanes, sino desde el punto de vista sincrónico, en el que el Ragnarök se está cumpliendo aquí y ahora, para revelar que los fenómenos de la Modernidad son las nuevas caras de los titanes, los jötnar, los Asuras. En este sentido, creemos que la comprensión de que estamos viviendo precisamente en esta época y situación hoy en día es, sin duda, un paso importante y necesario que todo pagano que busque lo Divino en nuestros días debe dar…

Por Askr Svarte

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Extracto de Polemos: The Dawn of Pagan Traditionalism (PRAV Publishing, 2020), traducido por Jafe Arnold.

Notas:

1. Alexander Dugin, «Contra-iniciación: observaciones críticas sobre algunos aspectos de la doctrina de René Guénon (1998)», Eurasianist Internet Archive (1998/2019) [https://eurasianist-archive.com/2019/06/11/dugin-counter-initiation-1998/]. Véase también: Dugin, Puti Absoliuta [Los caminos de lo absoluto] en Absoliutnaia Rodina [Patria absoluta] (Moscú: Arktogeia, 1999).

2. The Thirteen Principal Upanishads, trad. Robert Hume (Oxford: Oxford University Press, 1921), 268-270.

3. Alexander Dugin ofrece un análisis fundamental del elemento titánico desde la antigüedad hasta la época moderna en sus volúmenes Noomakhia, para lo cual véase la bibliografía de Polemos y las traducciones en inglés disponibles en Eurasianist Internet Archive.