Mirando alrededor | I

Fragmento de un ciclo de reflexiones

No somos gente de la Tradición y existe un abismo ontológico, histórico, mental y existencial entre ella y nosotros. Para nosotros, lo sagrado no es un hecho en el que estemos presentes desde el momento en que nuestros padres invitaron a nuestras almas a entrar en nuestros cuerpos en el momento de la concepción. Para nosotros, lo sagrado es una elección. Una elección voluntarista y sin garantías desde dentro de un paradigma extra-tradicional.

En comparación con la humanidad del mythos, vivimos dentro de una ontología y un marco metafísico muy diferentes; derivamos nuestro origen y el de las estructuras rectoras del mundo manifiesto de fuentes y métodos cognitivos fundamentalmente irreductibles. La línea de ruptura ontológica continúa en la epistemología y la mentalidad se extiende hasta los estratos y pisos sociales más bajos de las sociedades, incluyendo nuestras prácticas cotidianas.

En el ámbito de la filosofía y de «lo único pensable», Martin Heidegger insiste convincentemente en que, por lo general, vivimos dentro del cadáver de la metafísica occidental que ha acabado y agotado su historia, que perdido su conexión ontológica fundamental con el ser-como-existencia [1].

La distancia temporal también pone de relieve, y conviene tenerlo presente a cada momento, la imposibilidad de recorrer literalmente el camino de regreso a la Tradición. La flecha lineal del tiempo sólo implica un alejamiento progresivo [2]. Mientras que la percepción cíclica (natural y solar) también indica que la rueda del tiempo no puede invertirse y, por lo tanto, el acercamiento a la Tradición consiste en avanzar hacia el ocaso y pasar por la muerte y el renacimiento.

Las doctrinas tradicionales describen estos tiempos como una época de disolución de la ley universal, ya sea Dharma, Vird u otra, como la huida u ocultación de las Deidades y, por lo tanto, la destrucción de las estructuras, el orden, la dimensionalidad y las analogías que han establecido en macrocosmos y microcosmos. Todo esto lo estamos presenciando a nuestro alrededor desde hace mucho tiempo y con nuestros propios ojos. El mundo se desvela de la forma más literal. No cubierto por el velo engañoso de la avidya lúdica (Leela y Maya), sino totalmente desacralizado desde los presocráticos, pasando por Sócrates, Platón y Aristóteles; y profanado por el simulacro desde el Renacimiento hasta Deleuze, Baudrillard y Negarestani.

Es cierto, por lo tanto, que nos encontramos en un estado de alienación existencial frente a la Tradición y del mundo.

¿Qué sugiere, entonces, el retorno a lo sagrado y a la tradición? El enfoque más común, establecido desde la Ilustración y el Romanticismo, es el camino de la reconstrucción, restauración y resurgimiento de la tradición; la restauración de la cadena dorada de transmisión o la búsqueda de algunas formas secretas de preservar el conocimiento original, en forma de sociedades y órdenes secretas que, a primera vista, resultan ser ficticias y puramente modernas.

La forma y los métodos de reconstrucción conllevan peligros y pretensiones bastante evidentes. La mayoría de las fuentes sobre auténticas tradiciones europeas, aunque no únicamente ellas, son textos cristianos apologéticos y sectarios los cuales tienen hechos y testimonios que contienen mentiras descaradas, acusaciones, exageraciones y tendencias evidentemente negativas. La restauración de la tradición apoyándose en enseñanzas cristianas o islámicas contra los politeístas sólo conduce a la creación de una parodia de la tradición, ya que estas fuentes están a priori sesgadas y comprometidas por el odio religioso.

Sin embargo, las descripciones de misioneros y peregrinos constituyen las dudosas raíces de la etnografía primitiva que dio forma a las disciplinas científicas frecuentemente comprometidas que constituyen la fuente de una tradición particular. El cambio histórico hacia posiciones seculares dado por la folclorística (a partir de J. y W. Grimm), la etnografía, la arqueología, la antropología y la lingüística, ha descartado y corregido una serie de distorsiones y malinterpretaciones religiosas. Pero la confianza inherente en la racionalidad y los métodos científicos del Siglo de las Luces no es una garantía ni una característica positiva para los defensores del sacrocentrismo y la mitopoética. Hay una sustitución de una postura abiertamente comprometida por otra más velada. Los estudiosos laicos tratan el patrimonio conservado de la tradición como un objeto de estudio externo a ellos, pasando así por alto muchos acentos y líneas axiales importantes para los creyentes, o imponiendo y esbozando sobre el corpus del conocimiento y la vida tradicionales clasificaciones, historiografías y marcos de interpretación completamente ajenos. De este modo, el elemento sagrado y la «fabula del mythos» no sólo quedan sin explicar, sino que quedan completamente desordenados y ocultos.

Otro defecto genérico común del método científico dentro de la ideología del progreso es la obsolescencia del conocimiento científico y su grado de fiabilidad. La actualización de los datos, por un lado, y la presión ideológica debida al desarrollo sociopolítico de la sociedad, por otro, conducen a la construcción de nuevas teorías más progresistas y a la revisión de modelos descriptivos de épocas anteriores. Así, la ilusión moderna del «conocimiento objetivo» en las humanidades se convierte en una constante ideologizada, ya sea directamente a través de la política o indirectamente a través del método científico, del reensamblaje y la coexistencia de paradigmas y cosmovisiones diferentes y alternativos.

El acercamiento a la tradición se convierte en una especie de experimento de laboratorio social que exige confirmar sus resultados o que este totalmente al servicio del modelo descriptivo y de la religiosidad practicada en la vida cotidiana de acuerdo a una agenda ética y política imperante en la sociedad. El carácter problemático de tal fundamento etnográfico centrado en la ciencia con tal de llevar a cabo un renacimiento de la tradición puede ser dudoso.

Imaginemos a un [neo]pagano o tradicionalista creyente que, en los albores de su formación, asimila una determinada cosmovisión, con un calendario inherente, un conjunto de mitologías, rituales y fiestas, etcétera. A medida que pasa el tiempo, profundiza en el tema, aprende el lenguaje auténtico de su tradición, estudia multitud de monografías, fuentes medievales y antiguas, hallazgos arqueológicos e hipótesis para sus interpretaciones y, finalmente, descubre una divergencia significativa de los nuevos datos respecto a la imagen del mundo que había creado al iniciar y por medio de la cual se había estado dirigiendo a las deidades y espíritus todos los años anteriores. Actualiza los datos y lleva a cabo una revisión radical, creando una nueva imagen descriptiva del mundo, con un nuevo calendario, en el que algunas fechas y fiestas se descartan por completo («como una estratificación tardía») y algunos mitologemas se añaden por el contrario («debido a circunstancias etimológicas y arqueológicas recién descubiertas»), etcétera. Y declara que este modelo es el más auténtico. Unos años más tarde, se repite la situación y se obtiene una tercera imagen del mundo, corregida y mucho más completa

Y no se trata aquí de establecer cuál de los modelos descriptivos (imágenes del mundo) es el más correcto – si el primero, el segundo o el enésimo –, sino la vileza de esta forma de pensar.

Lo primero que llama la atención es la analogía casi directa de este enfoque de la tradición con la práctica de instalar regularmente actualizaciones de software en ordenadores y dispositivos móviles. Sin actualizaciones, las aplicaciones y los sistemas operativos se quedan «obsoletos» y no funcionan; no se ajustan a la ideología del progreso.

La segunda, y más importante, es la anulación de la experiencia previa de lo sagrado y el reconocimiento de que es falsa. Porque cuando un adepto se presenta a sí mismo y al mundo con una versión actualizada y corregida de la imagen tradicional del mundo, se deduce de forma puramente lógica que sus prácticas anteriores y su conexión con lo sagrado (re-ligare) se construyeron sobre una base errónea y, por lo tanto, falsa. Esto requiere que el adepto niegue directamente todo lo anterior y reconozca la experiencia sagrada pasada como una ilusión y un problema psicológico en lugar de una auténtica comunión con Dios, etc.

Otra consecuencia es la falta de garantías de que la experiencia nueva en el marco de la «imagen sacra del mundo» actualizada no será descartada del mismo modo cuando se produzca la próxima actualización de los datos arqueológicos e históricos sobre la tradición.

Otro ejemplo nos muestra también los límites y la inutilidad de la aplicabilidad de un enfoque y una metodología reconstruccionistas por sí solos a la recuperación de la tradición, a saber, la inutilidad de revivir la tradición en lenguas y mitologemas hipotéticamente reconstruidos como el protoindoeuropeo. Debido al gran número de lagunas, a la hipotética sonoridad y a la falta de facilidad para hablarla – dado el enorme papel que la lengua y el habla desempeñan en la estructuración del pensamiento en la etapa infantil – es imposible hablar esta lengua afirmativa y totalmente. Además de esto, debemos señalar explícitamente la falacia de buscar alguna ur-tradición en el plano histórico y material, siguiendo la regla «cuanto más antigua, mejor», que no es más que una inversión del progresismo. El origen de cualquier tradición debe buscarse en las alturas y profundidades metafísicas, nada más.

El enfoque histórico-etnográfico conduce a la prevalencia de la forma sobre el contenido, incluso si esta forma se declara abiertamente como una hipótesis de los investigadores modernos. Es decir, se trata de una construcción especulativa hecha a partir de las cenizas del hogar que se ha extinguido hace mucho tiempo. Esto da lugar a creyentes puramente escolásticos, que en su pensamiento siguen siendo siempre portadores en carne y hueso de las estructuras mentales de la modernidad. Así, toda la reconstrucción de la tradición resulta ser un espejismo y una parodia. Una hojarasca de hojas caídas de árboles muertos hace mucho tiempo que conformaban el bosque de la tradición y que se hacen pasar por la plenitud de la vida. La vida y la experiencia de los seguidores modernos de las viejas tradiciones están, en efecto, llenas de tales errores y callejones sin salida.

Para la ciencia, en el marco de la nueva antropología y el tradicionalismo, el enfoque más correcto del estudio es la completa inculturación y asimilación del «investigador» en la sociedad y la tradición que le interesan. Él mismo debe convertirse en el objeto que planea estudiar. Y tal disolución, muerte iniciática del yo pasado y renacimiento en una nueva cultura y tradición, llevada hasta el límite, anula cualquier redacción de un «informe final» condicional sobre los resultados de la investigación.

Los defensores del sacrocentrismo reconstruyen el culto más cercano a la ἀρχή sin necesidad de seguir los criterios de fiabilidad dador por los datos históricos, sino siguiendo la esencia de la metafísica.

Prestemos atención a la palabra reconstrucción, en la que se manifiesta claramente su esencia hermenéutica a través del verbo construcción al que se le añade el característico prefijo re-, es decir, repetición y recurrencia de una misma acción.

Basándonos en Martin Heidegger y Hans-Georg Gadamer, podemos recurrir a las palabras de este último de que la tradición vive y se transmite en la interpretación. Heidegger, por su parte, señaló repetidamente el papel positivo de caminar en círculos en la comprensión y el cuestionamiento y habló del cuestionamiento acercándose a la revelación de diversos temas. El movimiento circular del pensamiento, de supresiones y retornos, no es vicioso, sino algo natural y orgánico. Así se formuló la idea rectora del círculo hermenéutico, que consta de tres partes:

1) Una comprensión preliminar, intuitiva y condicionada cultural y lingüísticamente del texto al que uno se acerca.

2) Inmersión en el texto, su estructura y contenido, las circunstancias externas de género, época y autor.

3) Formación de una nueva comprensión e interpretación, refuerzo o corrección de la precomprensión, obtención de nuevos conocimientos sobre el texto.

Al mismo tiempo, el tercer paso puede convertirse de nuevo en el primer paso en el segundo, tercer y otros retornos al texto, así como a géneros afines o muy diferentes, pasando a formar parte de un conocimiento, comprensión y pertenencia más amplios a una tradición cultural. Siempre se está dentro de círculos y movimientos hermenéuticos y la comprensión se convierte en uno de los procedimientos ontológicos clave del ser-en-el-mundo.

Si la tradición es interpretación se plantea la cuestión de la relación entre lo inmutable y lo cambiante. El estructuralismo clásico, basado en la mitología comparada, el estudio del folclore, etc., habla de un conjunto limitado de historias básicas – estructuras – que se enmarcan y se vuelven a contar en culturas con diferentes variaciones. Cada mito, leyenda, cuento de hadas, tiene varias versiones y cada una de ellas es verdadera; el mythos se compone de una gran cantidad de variaciones geográficas e históricas estrechamente relacionadas. Siendo precisamente la raíz de estas ideas la fábula.

Por otra parte, las posibilidades de interpretación, prácticamente ilimitadas, siguen estando centrípetamente en manos del texto (obra, relato, mythos, incluidos los que sólo existen en forma oral), que se sitúa en el centro del círculo hermenéutico y en torno al cual se produce el movimiento circunferencial del pensamiento, la interrogación y la comprensión. Así, la auténtica pluralidad florece dentro de los límites del número de auténticos pueblos y culturas pre-abrahámicos y extra-brahámicos [3].

No se puede dejar de tocar el problema de la autoría, que se ha visto significativamente afectado por la noción platónico-abrahámica del Demiurgo total, que se refleja en el enfoque moderno de la figura del autor, que ya ha muerto en la Posmodernidad. El voluntarismo fluido y lúdico de la «muerte del autor» según Roland Barthes, así como el demiurgicismo totalitario del abrahamismo, deben descartarse, apuntando a la tradicional coautoría mitopoética del narrador del mito y la Deidad o una figura intermedia: una ninfa, un daimon, un espíritu o un antepasado difunto, etc. La voz de la Deidad se añade a la voz del autor. La voz de la Deidad se añade a la voz viva y al discurso del skald, el bardo, el acordeón y el poeta; todo ello actúa como fuente de inspiración, adivinación y discurso creador de mundos [4].

La posibilidad de interpretaciones también depende de la adscripción del intérprete a paradigmas e ideologías. Por lo tanto, el significado, el conocimiento y la información objetivos no existen. La misma idea de «objetividad» es ideológica y funciona como una herramienta agresiva y velada de propaganda de tal o cual imagen del mundo. En este caso, la cosmovisión del proyecto de la Ilustración basada en el cartesianismo.

Esto nos lleva a la necesidad de la corrección de la interpretación sacro y mitocéntrica y, en una situación ideal, de la precomprensión inicial. Aquí apostamos por la filosofía del tradicionalismo como la más adecuada y la que establece el sistema correcto de coordenadas y orientaciones en el mundo moderno postradicional y desacralizado. Al mismo tiempo, es más correcto hablar del núcleo ideológico, estructural, del tradicionalismo; del tradicionalismo como metalenguaje de diferentes tradiciones que buscan sobrevivir y preservarse en y frente al mundo.

Aceptar el tradicionalismo como punto de partida para asentarse directamente en el mundo significa el comienzo del trabajo más difícil de desarraigar el pensamiento y la conciencia de cada uno de la cultura moderna, sus falsas narrativas, las ideas con las que nos hemos «familiarizado desde la infancia» sobre la «realidad objetiva», los estereotipos sobre la verdad de diversos fenómenos sociales y naturales. Cortar todo tipo de preferencias e identidades de género, gusto, ocio, sociopolíticas, culturales, etc. Todas ellas marcan trayectorias inicialmente erróneas de comprensión y enculturación en la tradición elegida de acuerdo con nuestros orígenes; o en la filosofía mitopoética del Otro Comienzo [5].

Una cuestión problemática aparte en este camino es la correlación misma entre la transmisión (tradere) de la herencia cultural, incluso a través de la re-construcción anteriormente discutida, y la autenticidad ontológica del ser-en-el-mundo, de la pertenencia al ser en su aspecto apofático profundo. Esto nos empuja inevitablemente al problema de las decisiones y operaciones filosóficas y teológicas más radicales del pensamiento. Debemos convertirnos en parteros que den nacimiento a la luz de la tradición en una época donde el sol se encuentra ausente; y de vincularla al ser apofático (Seyn). Cuando el primer tallo del futuro nacido de la semilla este empezando a abrirse paso, cuando las primeras gotas se filtren por las grietas de las rocas y den nacimiento a grandes ríos en cuyas orillas florecerán y morirán las civilizaciones, cuando de la nada del silencio nace sacrificialmente el primer sonido de la palabra creadora de mitos, entonces recuperaremos la vida.

Las estructuras del mythos, de las que hablan los filólogos y los estructuralistas, resultan ser variantes que provienen de algo más profundo y preestructural. El retorno a aquello de lo que estamos alienados nos obliga no a la mera reinterpretación, sino a actos más fundamentales y profundos de pensamiento y existencialidad. Para interpretar después el mythos, primero debe ser expresado mitopoéticamente, mayéuticamente, algo derivado y que debe ser traído al ser-mundo real.

Con respecto a esto, nos encontramos ahora en el espacio de la cesura ontológica, en el interregno de la palabra.

Tomado de la poesía, el término latino cesura (pausa, corte) se utiliza para cortar una línea o una palabra en partes y organizar el ritmo mediante pausas y rupturas. Pero también es un recurso dramático el hecho de que se produzca un retraso hasta que el héroe se presente ante el destino y tome la decisión fatídica, antes de la batalla final con el monstruo. Es ahí cuando el destino debe decidir si el héroe será aplastado o si el destino lo aplastará a él.

Y ahora nosotros – el mundo occidental y su humanidad, que arrastra a todos los pueblos y culturas a su negro vórtice de alienación – nos encontramos atados a una cesura patológicamente larga, cuando tanto el público como el héroe están cansados y han empezado a distraerse con otros elementos y simulacros virtuales o escenificados; han empezado a irse a casa y a «vivir bien».

Por Evgueni Nejasov

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Notas:

[1] Véase Nejasov E., Hacia otro mito. La antigua grafía de ser remite al alemán Seyn, utilizado por Martin Heidegger para indicar la dimensión apofática del ser.

[2] Véase Nejasov E., Tradición y shock futuro. Imágenes de no nuestro futuro.

[3] En este caso, los conceptos de tradición y cultura deberían considerarse sinónimos en muchos aspectos y en algunos completamente diferentes.

[4] Véase Nejasov E., Hacia otro mito.

[5] Véase Nejasov E., Hacia otro mito.